Homilía V Domingo de Cuaresma

Lectura 1: Jer 31, 31-34
Salmo: Sal 50
Lectura 2: Hb 5, 7-9
Evangelio: Jn 12, 20-33

¿Quién de nosotros no ha gritado o suplicado alguna vez? ¿Lo hemos hecho en favor de algún sufriente o en contra de alguna injusticia? Jesús que grita y suplica asoma en la Carta a los Hebreos. Jesús que protesta, grita, suspira, solloza, y que en medio de esa situación doliente -no fuera de ella- presenta su oración y su súplica a Dios liberador de la propia muerte, esperanzado en el amor de Dios padre/madre.

Jesús, Hijo del Hombre, hace un camino de aprendizaje, de sufrimiento, y así en plenitud obedece, camina en comunión de escucha del querer de Dios y así va dando realización al Reinado de Dios. Un camino en que, como nos relatan los Evangelios, Jesús alivia a muchos sufrientes, a la par que critica las deformaciones de la religión. Y, llevado a la consumación, Jesús se convierte, para sus discípulos, en autor de salvación, incoada en nuestra propia historia, historia también de sufrimientos y de esperanza.

En tanto la primera Lectura nos trae el recuerdo del gran profeta, Jeremías, que manifiesta que Dios establece una alianza con su pueblo, que va disponiendo nuestro interior para descubrir su cariño, la ternura de Dios, entre nosotros y en nosotros mismos. A la vez, Jeremías como profeta, manifiesta las tergiversaciones o deficiencias de la fe en Dios.

Pero incluso este trocito del libro de Jeremías plantea de manera inaudita la desaparición de maestras/os en la fe pues señala que ya no tendremos que enseñarnos mutuamente, que Dios nos perdona en nuestro propio camino de vida y alumbra nuestras vidas. Al fin y al cabo, sí hemos de caminar como pueblo creyente en Dios que hace una coalición de perdón y enseñanza.

El Evangelio de hoy narra que algunos de la nación de Grecia y no pertenecientes al pueblo hebreo solicitan al discípulo Felipe que ellos anhelan ver a Jesús, maestro de vida. Felipe y Andrés, juntos, van a decirle esto a Jesús. Y el Hijo del hombre, Jesús mismo, asevera que ya ha llegado el tiempo especialísimo de su glorificación, de vivir ese “peso” del amor de Dios y a los seres humanos.

Y nos presenta una paradoja de la vida de fe: para ser fecundos en la vida cristiana, hemos de caer y ser enterrados como una semillita. No hemos de ser elevados sino enterrados, no hemos de visualizar cielos sino que hemos de ser cobijados por la tierra, tierra que somos todos los seres humanos. Así como se transforma un grano de quinua en el surco y se vuelve fecundo, así los creyentes hemos de dar fruto bueno.

Y Jesús nos insiste con esta transformación, con este “aborrecimiento” de uno mismo. Pero ojo, hemos de cultivar nuestra vida, hemos de afirmar nuestra existencia, para así poder negarla después en otro plano de transformación que incluye la historia común de la que participamos y que también buscamos transformarla si revaloramos nuestra condición de profetas/profetisas desde nuestro bautismo y nuestro amor a Dios.
El que quiera servirme que me siga, insiste Jesús. La dignidad cristiana y el propio Jesús nos convocan para que seamos servidores de los demás, no a ser “servilletas” de nadie. Y quien es servidor de Jesús especialmente en el servicio a las personas empobrecidas será honrado por el propio Dios que se complace en el servicio -una acción generosa, inteligente, desinteresada, tierna…- hacia el otro.

Y de manera similar a la Carta a los Hebreos, el Evangelio señala que Jesús está agitado, que tanto siente las sacudidas en su interior que pediría a Dios la liberación del momento que está llegando, esa hora de su pasión… No obstante, Jesús no claudica, él que ha venido al salvar al pueblo de toda muerte, exclama de manera orante que Dios sea glorificado también en ese momento futuro, momento angustiante.

Jesús oye una voz celestial que le indica que será de nuevo glorificado. La glorificación, la exaltación, será renovada, continúa por tanto. Esta voz divina viene también hacia el pueblo, se producirá el juicio salvífico y la expulsión de la maldad. Y cuando Jesús sea elevado sobre la tierra, atraerá, cual fuerza magnética de misericordia, a todos, hacia él, el Liberador de toda muerte.

Fr. Marco Nureña, OP
Radio San Martín. Arequipa

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