Homilía Domingo de Pentecostés
Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)
Lectura 1: Hch 2,1-11
Salmo: Sal 103
Lectura 2: Cor 12,3b-7.12-13
Evangelio: Jn 20,19-23
Todos hemos bebido de un mismo Espíritu. Hemos sido bautizados en ese Espíritu Santo. Hemos recibido el soplo del Espíritu. Hoy celebramos Pentecostés, fiesta del Espíritu en la vida de los cristianos para formar el cuerpo de Cristo, para animar la vida del mundo en búsqueda de un buen vivir, para percatarnos que somos enviados por Dios para pacificar al mundo con la práctica de la justicia y la misericordia.
Hechos de los Apóstoles (Lectura primera) señala que al llegar Pentecostés, la naciente comunidad cristiana reunida en un casa sintió un estruendo como un viento fuerte. Se posaron encima de los discípulos unas lenguas de fuego como llamaradas. Se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, lo que ayudó a comunicarse con aquellos que acudieron a esa casa, facilitando así la misión cristiana.
Existe diversidad de dones, provenientes de un mismo Espíritu, señala la segunda Lectura. Es un mismo Dios, un mismo Señor Jesús, un mismo Espíritu…pero hay sinfín de ministerios en la Iglesia. Existen funciones numerosas y Dios actúa todo en todos. Y a cada creyente en Jesús se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común, no para beneficio propio.
El Espíritu llega a todos reunidos en comunidad de fe. El Espíritu Santo se manifiesta como fuego y viento, como candela abrasadora, como ímpetu que comunica la acción de Dios, como luz que alumbra y quema. El Espíritu aparece además como bebida embriagante dada a todos los creyentes.
El santo Espíritu contribuye a la multiplicidad de trabajos y reafirma la pluralidad de dones en la compleja vida de la Iglesia. Todos hemos sido bautizados en ese mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, así que todos contribuimos a la edificación del cuerpo de Cristo, la Iglesia, y todos -en la variedad- podemos además favorecer a la paz social. Porque hemos bebido de un solo Espíritu.
El Evangelio de hoy narra de la entrada de Jesús resucitado en la casa donde estaban los discípulos. Era domingo, el día primero. El miedo paralizante había invadido el corazón de los discípulos, aunque seguían reunidos en comunidad. Jesús les regala la paz y ellos se alegran. El shalom de Jesús renovó la esperanza, disipó el miedo, les reanimó con la alegría.
Jesús les indica que así como él es el enviado del Padre, así también él, Jesús, les envía. La misión forma parte de la paz, del shalom. Jesús les regala su aliento, su hálito de vida, su generoso soplo de envío. Les da su propio Espíritu, como una espiración que motiva a la misión, que ahora incluye el perdón de los pecados, el don excesivo de la reconciliación que ha de tender hacia todos y hacia todo.
El Espíritu mora en nosotros, entre nosotros, y nos alegra no con un gozo banal sino con el júbilo de sentirnos amados por Dios, “soplados” por Jesús, embriagados por el Espíritu para crecer como Iglesia, para reanimar la sociedad hacia la paz y justicia. Y para preocuparnos de los demás, pues recordemos el Espíritu Santo es invocado desde tiempos antiguos por la Iglesia como “padre amoroso de los pobres”. Vivamos bajo la acción gozosa del Espíritu Santo, lo que además implica, en estos tiempos de pandemia, preocuparnos por muchos enfermos, por sus cuidadores, y por aquellos que la pasan muy mal.
Ven Espíritu Santo: colma con esperanza nuestra vida de creyentes. Anímanos a vivir como comunidad de discípulos de Jesús. Ven Espíritu Santo: aliéntanos a construir un país con sus muchas culturas, en la que nadie se sienta ciudadano de segunda categoría.
Fr. Marco Nureña, OP
Radio San Martín. Arequipa 23.05.2021

