Sábado 17 de julio de 2021. Tiempo Ordinario, Año Impar, Semana No. 15
Beato Ceslao de Polonia
Éx 12,37-42: El Señor los liberó de Egipto
Salmo 135: Den gracias al Señor, porque es bueno
Mt 12,14-21: Le seguían muchos y sanaba a todos
Este pasaje del evangelio de Mateo se sitúa justo en el centro de su narración. En el modo de escritura judío, el centro del relato lo ocupa el núcleo más importante de su mensaje. En los versículos anteriores el autor presenta la curación de un enfermo en sábado. Para Jesús, la persona está por encima de los legalismos, incluso del precepto de descanso sabático que se había convertido en una estructura opresora. Su intención original que preservaba para los trabajadores un descanso suficiente se había pervertido y adquirido una carga moral sin contenido. Jesús se siente libre de contravenir el precepto en orden a la libertad de las personas y a procurarles el bien. Pero esta libertad de Jesús rompe la casuística farisea que intenta eliminar lo que altera su orden establecido.
El versículo 14 de este capítulo 12 de Mateo, marca el inicio de las deliberaciones del desenlace final de Jesús. Jesús muere acusado, perseguido por el orden religioso establecido de su tiempo, por superar la comprensión de un culto ritual, vacío, sin misericordia, más pendiente de conservar una estructura religiosa que de reconocer la imagen de Dios en el rostro del otro.
El evangelista responde a las intenciones asesinas de los fariseos colocando a Jesús en línea con los grandes profetas israelitas y dando vida con sus acciones a los anuncios mesiánicos que inician un nuevo modo relacional de la persona en todas las vertientes de su ser, nada queda fuera de esa catarsis profunda que empapa la vida y la conduce a un dinamismo que desafía la existencia.
Jesús es el elegido que personifica el Espíritu de Dios y anuncia justicia. Una justicia sin violencia, una justicia capaz de sustentar al débil, restañar lo quebrado, avivar la luz, dar cobijo a la esperanza con la fuerza de la mansedumbre. Nuestra fe precisa crecerse en la realidad y medirse con ella desde los valores que la nutren y las acciones que la expresan, también cuidando sus modos, ese “cómo” que distingue el proceder de Jesús y debiera ser reconocible en el discípulo por su sensibilidad humana, su mirada aguda para desenmascarar la injusticia, apreciar los signos del reinado de Dios y brindar su voz para visibilizar lo orillado.
F/ Dominicos.org

