Jueves 20 de enero 2022 de la 2ª semana de Tiempo Ordinario.
Samuel 18, 6-9; 19, 1-7: Mi padre busca el modo de matarte
Salmo 55: En Dios confío y no temo.
Cf 2 Tim 1, 10: Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio.
Marcos 3, 7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él les prohibía que lo diesen a conocer.
La actividad sanadora de Jesús, de la que la gente se hace lenguas, provoca la afluencia incontenible de los que llegan de todos los puntos cardinales con el deseo de ser curados de sus males. Él es como el médico de una humanidad enferma, como la fuente oculta de la salvación. Así lo reconocen los mismos espíritus maléficos cuando confiesan: “tú eres el Hijo de Dios”.
Pero Jesús no quiere aceptar la confesión espectacular y ambigua de estos seres misteriosos y malévolos, que parecen estar en el secreto de su identidad divina. El desea ser reconocido a través de un itinerario de fe. Sólo el que lo siga hasta el final descubrirá su verdadera intimidad. Ese es el secreto de Jesús: sólo el que participe de sus sentimientos, sólo el que se sume a su misión de mensajero del reino y de enviado a los pobres, a los pecadores, a los que sufren, podrá comprender el motivo de su comportamiento y el origen de su persona.
El evangelista Marcos es el que más insiste en la conveniencia de no desvelar la personalidad de Jesús antes de tiempo. Su misión es demasiado nueva y desconcertante como para que la comprendan en seguida y sin ambigüedades los que le rodean. Sólo la culminación final de su vida (su pasión, muerte y resurrección) revelará su identidad trascendente, y eso sólo a la luz de la fe.
¿Reconoces en Jesús sólo a un taumaturgo o crees en él como el enviado de Dios? ¿Lo admiras sólo como un hombre extraordinario o te entregas a él como al que da sentido a tu vida?
F/ Dominicos.org

