Martes 13 de septiembre 2022. Vigésimo cuarta Semana del Tiempo Ordinario – Año Par
San Juan Crisóstomo
Lectura de la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios 12,12-14.27-31ª
Sal 99 R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño
Lucas 7,11-17: A ti te lo digo, levántate
Los evangelios contienen algunos relatos en los que Jesús resucita a una persona muerta, o salva de la muerte inminente a un enfermo. Se ha convertido para el pueblo, que viene oyendo hablar maravillas de Él, en el “último recurso” en caso de una situación desesperada.
El relato de resurrección que hoy nos presenta la liturgia no contiene ninguno de los rasgos comunes a otras resurrecciones. Nadie se dirige a Jesús para hacerle una petición de salvación. Jesús caminaba hacia una ciudad, Naín, y contempla algo que no debía ser demasiado extraño: un entierro. Y Jesús observa, Jesús escucha.
El difunto es el hijo único de una viuda. Y en la sociedad del momento eso significaba que su madre quedaba totalmente a la intemperie, sola y sin posibilidades de salir adelante. El hijo era la única posibilidad de vida digna para la madre… Jesús se conmueve. Y la misericordia entrañable se pone en acción. La debilidad, la pobreza, la vulnerabilidad, el desamparo… de la mujer, son una llamada de socorro que Él no puede dejar de atender. Y la fuerza de la vida que reside en Él le devuelve al hijo, y con él la posibilidad de vida.
Más allá de las diferentes interpretaciones que los especialistas en Sagrada Escritura hagan del relato, la llamada poderosa y firme de Jesús al muchacho, puede, sin ninguna duda, tener eco en cada uno de nosotros. Es una llamada a “despertar” y poner en acción todo aquello que en nosotros está apagado, abandonado, inactivo, “muerto”. Para que los otros tengan vida.
F/ Dominicos.org

