La vocación a la alegría del padre Paolo
Han pasado diez años desde que perdimos toda noticia del padre Paolo. Con gran valentía había buscado contacto en el norte de Siria con los secuestradores de dos obispos, uno sirio ortodoxo y otro griego ortodoxo, que habían sido secuestrados unas semanas antes. Después llegó la oscuridad. A su familia y amigos se les ha negado hasta ahora incluso el gesto de piedad de un cuerpo devuelto, sobre el que llorar y al que dar digna sepultura. No tenemos palabras para expresar este dolor y somos incapaces de dar un nombre y una razón del odio de sus posibles perseguidores. Sabemos, sin embargo, lo que él no habría querido: culpar al Islam como tal de su misteriosa y dramática desaparición; renunciar a ese diálogo apasionado en el que siempre creyó con el objetivo de «redimir al Islam y a los musulmanes», como afirma en uno de los dictados de su Regla. Sobre este punto, el padre Paolo fue muy claro. No ignoraba los problemas, escuchaba las historias de sufrimiento de sus hermanos cristianos árabes, los coptos, los caldeos, los maronitas, los asirios… Pero sentía que su vocación específica y la de su comunidad monástica era el camino de la fraternidad. «Por tanto – afirmaba –, sea cual sea la situación, y teniendo en cuenta lo peor que pueda suceder, queda, para los cristianos llamados por Dios, el papel del amor a todos los musulmanes».
No se trataba de tácticas políticas, sino de la mirada de un misionero que experimenta, ante todo en sí mismo, el poder de la misericordia de Cristo. Una mirada no fundamentalista, sino dulce, llena de esa esperanza que no defrauda porque descansa en Dios. Siempre abierta a una sonrisa. Por eso resulta conmovedor releer hoy algunos pasajes proféticos de un texto que tanto se parece a un testamento espiritual. En particular, cuando el Padre Paolo habla del día de su ofrenda final por Jesús: «Yo digo: nuestra vocación en el contexto musulmán debe estar adornada con una risa de alegría. Y que sea un día de alegría, si Dios quiere, cuando probemos la ofrenda final por Jesús, y pidamos esta gracia; porque es una gracia que nadie puede atribuirse a sí mismo».

