El Papa: no sean sacerdotes aislados, vivan en comunión con la gente
«Pidamos al Señor la capacidad de dejarnos transformar y ser personas reconciliadas y que reconcilian»: es la exhortación del Papa al Clero de Roma en el discurso leído esta mañana por el cardenal vicario para la diócesis de Roma, Angelo De Donatis, en nombre de Francisco, ya que como dio a conocer la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Santo Padre no participó personalmente al encuentro con el Clero debido a una “indisposición leve”. La reflexión del Papa habla de la amargura en la vida de un sacerdote, un “enemigo sutil” que encuentra muchos modos para camuflarse y esconderse y como un parásito roba lentamente la alegría de la vocación.
Ponerse en contacto con la propia humanidad
El texto analiza el tema de la amargura en torno a la relación con la fe, con el obispo y con los hermanos. El Pontífice inicia evidenciando dos cosas: la primera, que su reflexión es fruto “de la escucha de algunos seminaristas y sacerdotes de diversas diócesis italianas y no se refiere a una situación específica”. La segunda, “que la mayoría de los sacerdotes están contentos de sus vidas y consideran estas amarguras como parte de la vida normal, sin dramas”.
Francisco asegura que mirar “a la cara las propias amarguras y confrontarse con ellas” permite ponerse en contacto con “nuestra humanidad”, y de esta manera recordar que “como sacerdotes no estamos llamados a ser omnipotentes sino hombres pecadores perdonados y enviados”. A continuación, señala las tres causas de la amargura: “problemas con la fe”, “problemas con el obispo”, y “problemas entre sacerdotes”.
Problemas con la fe
El Papa se remite a pasaje del Evangelio de Lucas sobre el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús y su desilusión por no haberlo reconocido para explicar que la “esperanza decepcionada” está en la “raíz de su amargura”. “La esperanza cristiana en realidad no decepciona y no fracasa”, asegura, al tiempo que señala que “para esperar cristianamente es necesario vivir una vida de oración sustanciosa”.
La diferencia entre expectativa y esperanza
El Papa afirma que “la expectativa nace cuando pasamos la vida a salvarnos la vida, nos arrebatamos en búsqueda de seguridades, recompensas y avances”. La esperanza, en cambio, “es algo que nace en el corazón cuando se decide no defenderse más y se reconoce la importancia de la confianza”.
Problemas con el obispo
Reconociendo que “todos tenemos faltas en lo pequeño y en lo grande” el Papa afirma que “mucha amargura en la vida del sacerdote viene dada por las omisiones de los Pastores”. Y agrega que el verdadero problema que amarga no son las “divergencias” y tal vez ni siquiera los “errores”, sino dos razones muy serias y desestabilizadoras para los sacerdotes. La primera, una cierta deriva autoritaria suave: no se aceptan a aquellos que piensan diversamente. La parresia es enterrada por el frenesí de imponer proyectos. El culto de las iniciativas está reemplazando lo esencial: una fe, un bautismo, un Dios Padre de todos, advierte el Papa. Y la adhesión a las iniciativas corre el riesgo de convertirse en la vara de medir de la comunión. Pero no siempre coincide con la unanimidad de opinión.
Competencia suplantada por presunta lealtad
La segunda y menos habitual razón que desestabiliza a los sacerdotes es la «equidad»: que significa “tener en cuenta la opinión de todos y salvaguardar la representatividad del rebaño, sin hacer preferencias”. Y aquí el Papa advierte de la “gran tentación del pastor”: rodearse de los «suyos», de los «cercanos»; y así, desgraciadamente, la verdadera competencia es suplantada por una cierta lealtad presunta, sin distinguir ya entre quien complace y quien aconseja de manera desinteresada. El Papa recuerda entonces el consejo de San Benito: “La verdadera curación, reside en la equidad, no en la uniformidad”.
La tercera causa de amargura: el problema entre sacerdotes
Recordando que el presbítero ha sufrido en los últimos años los golpes de los escándalos, financieros y sexuales Francisco evidencia que la “sospecha ha hecho drásticamente más frías y formales las relaciones; ya no se disfruta de los dones de los demás; por el contrario, parece ser una misión para destruir, minimizar, hacer que la gente sospeche”. El Papa asegura que el “maligno” impulsa a una visión «donatista» de la Iglesia: ¡dentro lo impecable, fuera quien se equivoca!”
Tenemos falsas concepciones de la Iglesia militante, en una especie de puritanismo eclesiológico. La esposa de Cristo es y sigue siendo el campo en el que el grano y las luchas crecen hasta la parusía. Los que no han hecho suya esta visión evangélica de la realidad se exponen a una amargura indecible e inútil.
El misterio de la comunión
Los pecados públicos y publicitados del clero han hecho que todos se muestren más cautelosos y menos dispuestos a forjar vínculos significativos, especialmente en lo que respecta a compartir la fe, agrega el Papa. Y advierte que hay más «comunidad», pero menos comunión. No es una cuestión de soledad: no es un problema sino un aspecto del misterio de la comunión.
El drama del aislamiento
Francisco precisa que el aislamiento es algo distinto a la soledad. Un aislamiento no sólo y no tanto exterior sino inherente al alma del sacerdote. Y aquí el Papa indica que se puede estar “aislados con respecto a la gracia” porque rozados por el secularismo “ya no creemos ni nos sentimos rodeados por los amigos celestiales” y la distancia del poder de la gracia – advierte – produce racionalismo o sentimentalismo pero jamás una carne redimida.
No anular lo anterior y darse cuenta del «nosotros»
También se puede estar “aislados de la historia”: todo parece consumirse en el aquí y ahora, sin esperanza en los bienes prometidos y en la futura recompensa. Todo se abre y se cierra con nosotros. Empezamos de cero porque no sentimos el sabor de pertenecer a un viaje de salvación comunitario.
Finalmente, estar aislados de los demás: el aislamiento de la gracia y de la historia es una de las causas de nuestra incapacidad de establecer relaciones significativas de confianza y de comunión evangélica. Si estoy aislado, mis problemas parecen únicos e insuperables: nadie puede entenderme. Este es uno de los pensamientos favoritos del padre de las mentiras.
El profundo sentimiento de comunión sólo llega cuando, personalmente, me doy cuenta del «nosotros» que soy, he sido y seré. De lo contrario, los otros problemas llegan en avalancha: del aislamiento, de una comunidad sin comunión, nace la competencia y ciertamente no la cooperación; surge el deseo de reconocimiento y no la alegría de la santidad compartida; se entra en una relación ya sea para compararse o para apoyarse.
Fuente: Vaticannews.va

