Miércoles 20 de noviembre de 2019. C. 33ª Semana T.0.
Andrés Solá y comps. (1927)
2Mac 7,1.20-31: El creador les devolverá la vida. Salmo 16: Escóndeme, Señor, bajo las sombras de tus alas. Lc 19,11-28: ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?
Lc. 19, 11-28: Jesús, a través de esta parábola, el rey llama a sus servidores y les encarga hacer producir su dinero. Los dos primeros se esfuerzan y multiplican el dinero del rey. Dios ha puesto talentos en cada ser humano para que los desarrollemos en nuestra vida y los pongamos al servicio de todos.
Jesús representa al hombre de la parábola. Los siervos, somos nosotros y los talentos, el patrimonio que el Señor nos confía “¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celeste, su perdón… en definitiva, tantas cosas, sus más preciosos bienes. Este es el patrimonio que Él nos confía. ¡No sólo para custodiar, sino para multiplicar! Mientras en el lenguaje común el término «talento» indica una notable cualidad individual – por ejemplo, talento en la música, en el deporte, etcétera –, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos rendir.
El hoyo excavado en el terreno por el «siervo malo y perezoso» indica el miedo del riesgo que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo de los riesgos en el amor nos bloquea. ¡Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte! No nos pide esto Jesús, sino que quiere que la usemos para provecho de los demás. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijese: ‘Aquí está mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y úsalos abundantemente’. Y nosotros ¿qué hemos hecho con ellos? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos. (Ángelus de S.S. Francisco, 16 de noviembre de 2014).
El siervo que guardó el dinero de su Señor, lo guardó en un pañuelo, por temor. A veces, como creyentes, no queremos comprometernos, somos indiferentes, indolentes, cuando hay necesidad de actuar. Tenemos miedo de participar en el desarrollo del país y nos quejamos.
¿Cómo pensar como país y como pueblo cristiano en una innovación tecnológica, investigación creativa, ética, educativa, económica para el desarrollo en beneficio de todos?
Fr. Héctor Herrera, o.p.

