Sean la compasión de Dios y huyan de la tristeza
Dios «es cercano, compasivo y tierno», así sean ustedes con los demás y en diálogo con Jesús en la oración. Estas son las indicaciones del Papa Francisco a los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús que participan en el 26º Capítulo General de la congregación, fundada en 1854, en Francia, por el padre Jules Chevalier.
Todos pensados, por el fundador, como «misioneros, empeñados en dar a conocer el amor de Dios en el mundo para obtener de los hombres una respuesta de amor». Francisco recordó el tema elegido para el Capítulo, «Del ego al eco», y la elección de hacerse guiar por el episodio evangélico de los discípulos de Emaús, descrito por el evangelista Lucas. A partir de ese pasaje, el Papa indicó tres actitudes fundamentales que deben caracterizar el carisma y el compromiso misionero de los miembros de este Instituto.
El primero es «conocer el Corazón de Jesús a través del Evangelio», es decir, meditándolo en su vida. Allí, en efecto, Cristo sigue haciéndose nuestro compañero de viaje, como en Emaús.
Así es como se llega a conocer el Corazón de Jesús: contemplando su inmensa misericordia en el Evangelio, como María, a quien los Misioneros veneran bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón» y que sabe mostrarnos el Corazón de su Hijo.
Segundo: profundizar la Palabra en el compartir fraterno
Pero para que esta fuerte experiencia se convierta en luz para el camino, continuó el Papa Francisco, «es necesario que pase también por el enriquecimiento del compartir». Esta es la segunda actitud: «profundizar y comprender la Palabra en el compartir fraterno».
De ahí la invitación a poner «siempre en la base de todo y ante todo el compartir fraterno de su encuentro con Cristo, en la Palabra, en los Sacramentos y en la vida. Así podrán afrontar de manera constructiva incluso los problemas más acuciantes».
Tercero: el anuncio gozoso en la misión
La tercera y última actitud es «el anuncio gozoso en la misión», como los discípulos de Emaús, que «partieron sin demora, volvieron a Jerusalén y contaron lo que había sucedido». El lema del capítulo, «Del ego al eco», es para Francisco una invitación a salir de uno mismo para mirar «la casa común, la familia, la comunidad, la creación».
Con el agradecimiento por lo que son y hacen estos Misioneros, y con una exhortación: «Continúen su obra con entusiasmo». Y una recomendación final:
Huyan de la tristeza, que es la carcoma que arruina la vida personal y la vida consagrada, esa tristeza que abate, no buena la tristeza del arrepentimiento, esto es otra cosa, pero esa tristeza cotidiana es una carcoma que arruina.

