Si Cristo es paciente, también el cristiano está llamado a serlo

«En la Pasión surge la paciencia de Cristo, que con apacibilidad y mansedumbre acepta ser abofeteado y condenado injustamente; ante Pilato no recrimina; soporta los insultos, los escupitajos y la flagelación de los soldados; lleva carga con el peso de la cruz; perdona a quienes lo clavan al madero; y en la cruz no responde a la provocación, sino que ofrece misericordia. Todo esto nos dice que la paciencia de Jesús no consiste en una resistencia estoica al sufrimiento, sino que es fruto de un amor más grande».

El Pontífice afirmó que el mejor testimonio del amor de Cristo es un cristiano paciente. Paciente como tantos seres humanos, padres de familia, trabajadores, médicos, enfermeras, enfermos, que «cada día, en secreto, agracian al mundo con santa paciencia! pero muchos de nosotros, carecemos de paciencia, la necesitamos como la «vitamina esencial» para salir adelante -aseveró- pero instintivamente nos impacientamos y respondemos al mal con el mal: «nos cuesta mantener la calma, controlar nuestros instintos, refrenar las malas respuestas, aplacar las peleas y los conflictos en la familia, en el trabajo, en la comunidad cristiana. Inmediatamente viene la respuesta; no somos capaces de ser pacientes».

El Papa nos recuerda que la paciencia no es sólo una necesidad, sino una llamada: si Cristo es paciente, el cristiano está llamado a ser paciente, dijo, lo que significa ir a contracorriente de la mentalidad generalizada de hoy, donde domina la prisa y el «todo y ahora»; no se espera a que las situaciones maduren, se forzan a las personas para que cambien al instante.

«No olvidemos que la prisa y la impaciencia son enemigas de la vida espiritual: Dios es amor, y quien ama no se cansa, no se irrita, no da ultimátum, sino que sabe esperar. Pensemos en la historia del Padre misericordioso, que espera a su hijo que se ha ido de casa: sufre con paciencia, impaciente solamente de abrazarlo apenas lo vea volver (cf. Lc 15, 21); o en la parábola del trigo y la cizaña, con el Señor que no tiene prisa en erradicar el mal antes de tiempo, para que nada se pierda (cf. Mt 13, 29-30)».

“Y hoy aquí, en esta audiencia, hay dos personas, dos padres. Son los primeros: uno israelí y otro árabe, dijo el Papa, ambos han perdido a sus hijas en esta guerra y ambos son amigos; «no miran la enemistad de la guerra, sino que miran la amistad de dos hombres que se aman y que han pasado por la misma crucifixión. Pensemos en este testimonio tan hermoso de estas dos personas que han sufrido en sus hijas la guerra en Tierra Santa. Queridos hermanos, gracias por vuestro testimonio”

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