Lunes 18 de noviembre de 2019. C. 33ª Semana T.0.
Basílicas de Pedro y Pablo. Rosa Filipina Duchesne (1852)
1Mac 1,10-15.41-43.54-57.62-64: Una cólera se abatió sobre Israel. Salmo 118: ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor! Lc 18,35-43: ¿Qué quieres que haga por ti?
Hoy recordamos la dedicación de las Basílicas de Pedro y Pablo. Ambos fueron martirizados en el año 67. Pedro fue crucificado y Pablo decapitado. El Papa San Silvestre pidió al emperador Constantino edificar la basílica sobre la tumba de Pedro y la dedicó en el año 326.
Lc 18,35-43: Jesús se acerca a Jericó. Al borde del camino está sentado un ciego, como hoy en las veredas de nuestras calles, algunos que piden pan, trabajo, personas que quieren ver la luz de un mañana distinto. Al oír que era Jesús gritó: ¡Jesús, ¡Hijo de David, ten piedad de mí! (Lc 18, 38). Es el grito de los pobres hoy que claman como aquél ciego en el camino.
Los demás quieren callar su voz, como hoy pretenden algunos callar la voz de aquellos que quieren ver la luz de la verdad, justicia, amor, salir de su situación de excluidos. Jesús ante el grito del pobre, se detiene y manda por él que lo acerquen. Y dialoga, se interesa por el ciego ¿Qué quieres que te haga? (v. 41) Jesús sabía lo que tenía que hacer, pero quiere que el ciego se exprese. Y éste, le responde: “Señor que recobre la vista” (v. 42).
Este diálogo, iniciativa de Jesús, recogida por el evangelista Marcos, nos permite, que se nos queden bien grabadas dos frases: ¡Maestro, que pueda ver! ¡Anda, tu fe te ha curado!
El paso de Jesús es liberación y salvación. El ciego sanado, con su grito, nos hace salir de la indiferencia, hostilidad, egoísmo hacia los refugiados, migrantes y excluidos. La fe del ciego nos hace ver la luz que es Cristo, para que tomemos conciencia de abrir nuestros ojos y corazón, para saber elegir bien autoridades, que tengan ojos para ver, oídos para escuchar y mente abierta para buscar soluciones concretas hacia los más necesitados.
El ciego reconoce a Jesús como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.
La enseñanza profunda de este pasaje: el ciego vio por su fe, que le abre el camino de la salvación. Abramos nuestro corazón a la fe, a la salvación. Jesús nos libera de todo tipo de ceguera para ver la luz de su amor y misericordia.
Fr. Héctor Herrera, o.p.

