Las lecciones del coronavirus

 En estos días la pandemia de coronavirus nos está mostrando muchos ejemplos de lo que somos como sociedad. Tanto los ejemplos positivos como los negativos traen enseñanzas para el futuro, si es que queremos construir un mundo distinto.

El primer ejemplo que voy a poner es el de acaparar. Muchos ciudadanos ante el miedo al desabastecimiento, no dudaron en abarrotar sus alacenas con productos que quizás no van a necesitar, papel higiénico, por ejemplo. Esto, por supuesto es un privilegio de ricos. El resto compra lo que puede para subsistir. ¿Y si los ricos aprendiésemos que tenemos que tomar lo necesario para que a otros no les falte? Si nos diéramos cuenta de que nuestras conductas mezquinas provocan mucho sufrimiento, tal vez seríamos más responsables y generosos con los recursos que nos toca administrar.

El alcohol en gel se acabó rápidamente. Lo mismo pasó con los barbijos. En ambos casos, además, el precio se disparó. Me contaba una amiga, encargada de un geriátrico, que el bidón de alcohol en gel que hace diez días había pagado 700 pesos, hoy le pedían 3500 pesos. Una conducta claramente oportunista y abusiva. A mar revuelto ganancia de pescadores…

Y esto lo podríamos extrapolar a cómo funciona hoy el mundo y no sería demasiado distinto. Pero creo que hay otra forma de organizarse como sociedad. Una forma que a lo mejor vislumbremos estos días, en que nos estamos dando cuenta de que el comportamiento de cada uno es crucial a la hora de luchar contra el virus. Que el aislamiento y las medidas higiénicas son indispensables es fácil de entender para la mayoría. No así la manera en que nos comportamos en materia de recursos. Sin embargo esta podría ser la enseñanza más importante que nos quede.

Es aquí donde me aparece muy fuerte esto de la “Divina Providencia”. Entendiendo la misma, no como la acción de un dios que desde algún lugar nos da mágicamente lo que necesitamos, sino como la capacidad que cada uno de nosotros tiene de ser “providencia”. Dicho de manera sencilla: si yo hoy soy capaz de poner mis recursos a disposición de todos, el día que yo necesite, habrá otros que pongan sus recursos a mi alcance. Si todos nos comportásemos de esta manera, no habría necesidad en el mundo. Sino seguiremos siendo como el rico de la parábola, que construyó graneros para amontonar el trigo que le dejó la cosecha y le dijo Dios: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado? (Lc 12,20).

Esta vez, el bien que hace poco ruido, está haciendo ruido y es el que nos está mostrando las lecciones que deberíamos aprender. Todas las personas que trabajan en el área de salud nos lo están mostrando. Es un sector mal pago, que sin embargo está dejando la vida para cuidar de los enfermos. ¿Seguiremos valorándolos cuando termine la epidemia? Emociona también ver la cantidad de personas que ofrecen servicios gratuitos online para hacer la cuarentena más llevadera. La enorme mayoría de los ciudadanos que obedecen con responsabilidad las normativas dadas por los gobiernos y que muchas veces en circunstancias difíciles se quedan en casa, nos muestran una lección que deberíamos encarnar, al menos nosotros los argentinos, tan rebeldes a la hora de cumplir la ley. Y esta vez, con un ingrediente novedoso, que es el de ver trabajar juntos al oficialismo y la oposición. ¿Se darán cuenta de que se puede, de que es la única manera de sacar adelante al país? ¿O el día después volverá cada uno a su lado de la grieta?

No creo en las ideologías, ninguna ha sido capaz de construir una sociedad justa, y quizás las que más proclamaban la justicia, han sido las más sanguinarias y destructivas. Creo en la conversión de los corazones, en conciencias que evolucionan y pueden vislumbrar una sociedad distinta. Y creo que cuando el número de esas personas llega a conformar una masa crítica, los paradigmas se transforman. Quizás todavía estemos muy alejados de eso, y quizás esta pandemia sea una forma más de avisarnos que tenemos que cambiar. Me temo que para que lo entendamos, el sufrimiento tendrá que ser muy grande. Sino el día después volveremos a lo mismo.

Tengo esperanza de que no será así. Quizás lo mío sea de un optimismo un poco infantil, pero soy seguidora de Jesús, y entiendo que sus enseñanzas tienen algo de utopía, pero si la utopía no es nuestro horizonte, será pobre nuestra respuesta (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Fuente: Eclesalia.wordpress.com

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