Lunes 02 de noviembre de 2020. Semana 31 T.0.

Fieles Difuntos

Job 19, 1.23-27a Mi Redentor está vivo

Salmo 24: A ti, Señor, levanto mi alma.

Fil 3, 20-21 Él transformará nuestro cuerpo

Mc 15, 33-39–16, 1-6: Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Allí está Jesús en el patíbulo de la cruz, como hoy los crucificados por su fe como Asia Bibí y tantos miles de cristianos anónimos que sufren la persecución por causa de Cristo. Los sumos sacerdotes, los soldados romanos se burlan de Él. Ellos le piden que se baje de la cruz, porque no comprenden que permanece en la cruz por amor. Y lanzando un fuerte grito expiró.

Toda su vida pasó haciendo el bien. Su amor era más fuerte que la muerte. Por eso su grito fue el de los maltratados de este mundo. Los que mueren víctimas de la represión y de la tortura en cualquier lugar del mundo. Los que son víctimas inocentes de los que se imponen por la fuerza de las armas para destruir vidas y arrasar con los bosques y la fauna de los pueblos indígenas. Su grito es de dolor frente a los injustos de este mundo. Al mismo tiempo es un grito de esperanza y de amor: que la vida triunfa sobre la muerte y el egoísmo.

Este es el testimonio de vida que nos da Jesús, como muy bien lo ha expresado esta cristiana pakistaní, encarcelada y condenada a muerte por su fe en Cristo, “Él ha entregado su vida por toda la humanidad”. Como lo confiesan hoy nuestras madres campesinas víctimas del terror de la guerra y que claman por el cuerpo de sus hijos, esposas, hijas desparecidos. Jesús con los pobres de hoy nos pide el respeto y la honra por la vida de quienes la entregaron por vivir el amor y la felicidad allá en las comunidades olvidadas. Nuestra fe en Cristo, luz y vida nos lleva a recordar a todos los difuntos, que con su testimonio de vida siguen presentes entre nosotros.

La muerte de Jesús no fue en vano, los poderosos de su tiempo, como en nuestros tiempos se creían fuertes por su desaparición. Pero Él venció la muerte, al egoísmo, a la indiferencia

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