Homilía XII Domingo del Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)
Lectura 1: Jb 38,1.8-11
Salmo: Sal 106
Lectura 2: 2Cor 5,14-17
Evangelio: Mc 4,35-41
Quejarse, quejarse ante Dios es una dimensión muy profunda de oración. No cualquier queja ante cualquier problema, sino cuando es sufrimiento es inocente, es decir, cuando no tiene explicaciones ni causas razonables o cuando es sumamente injusto. Pero también Dios responde, es decir, Dios dialoga desde esa misma realidad de sufrimiento.
El libro de Job, del Antiguo Testamento, trata de lo anterior. Es un bello libro y único en la Biblia. Hemos escuchado un trocito de este precioso libro. En esta Lectura primera Dios habló a Job desde la tormenta. Dios responde y lo hace con mayor amplitud y arrojo que las propias demandas de Job, solicitudes e impetraciones que son justas, pero las de Dios lo son más.
El amor de Jesucristo nos acelera, nos activa y apresura, señala la Lectura segunda. Él murió por todos, vivió por todos, es el Viviente que da vida, y sus seguidores han de vivir no de manera egoísta o para un grupo pequeño, sino que vivamos en Dios y para los demás, especialmente para los que sufren de manera injusta e inocente.
Y así conociendo a Jesucristo, saboreando su vida entera, acomodándonos a los criterios evangélicos, seremos seres humanos renovados, creyentes revitalizados en este camino de la vida de fe cristiana. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado: hemos de vivir vigorizando, tratando de mejorar la justicia en aras de la paz, hemos de mantener la esperanza fomentando el optimismo, y podemos luchar contra el mundo de mentiras siendo defensores de la verdad.
En el Evangelio de hoy leemos que Jesús con sus discípulos está en una barca, junto con otras barcas.
Se produce una fuerte tempestad en tanto Jesús descansa tranquilamente, y lo despiertan, e increpa al mar y al viento borrascoso pidiéndoles quietud. El viento cesó y llegó una gran tranquilidad. Jesús les increpa también a los discípulos por su miedo y su falta de fe. En los Evangelios el miedo más que carencia de valentía es fe disminuida o poco consolidada.
Los discípulos se preguntaban quién era Jesús, pues el viento y el mar le obedecen. En tiempos antiguos se creía que los elementos naturales tenían una cierta voluntad, y en este caso el mar tempestuoso estaba asociado a la maldad, a fuerzas malévolas. Por tanto Jesús es aquel que calma las tempestades del mal que turban a las personas.
El Evangelio según Marcos y el libro de Job nos ayudarán a meditar sobre el mal moral y sus consecuencias, y en Jesús como liberador del mal que azota a los seres humanos. Igualmente hemos de meditar en nuestra reacción frente a la maldad y a la perversidad social en la que vivimos.
Y no olvidemos darle un repaso a nuestra historia, la personal y la comunitaria, y la de aquellos personajes que maquinan crueldad hacia los seres humanos -y hacia la naturaleza incluso-, que originan y perpetúan sistemas y mecanismos de malevolencia.
Desembarquémonos de la barca del mal moral, y subamos a la barca de Jesús con él mismo, en nuestra lucha contra el mal en sus diversos aspectos, y colaboremos en aliviar el sufrimiento especialmente de los inocentes.
Fr. Marco Nureña, OP
Radio San Martín. Arequipa

