Jueves 17 de marzo de 2022 de la Segunda semana de Cuaresma
Lectura del libro de Jeremías 17, 5-10
Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-3
Hoy, más que nunca, resuenan las palabras de Jeremías en este mundo a la deriva. Detrás de una guerra cruel y cada una de sus víctimas, clama la voz del profeta advirtiendo la desdicha. Tal vez, la raíz del mal esté en confiarnos demasiado los unos de los otros. Poner el norte en el hombre nunca garantiza estar a buen recaudo, cuando sople fuerte el viento. Aprendimos muy pronto a salvar el pellejo dando besos perfumados de veneno y puñaladas traperas en la espalda del amigo, a morder la mano que nos da de comer sin previo aviso. El corazón enfermo del hombre se yergue como dueño caprichoso del destino. Entonces sopesamos el riesgo a cada paso y la huella se llama incertidumbre. El temor recorre sigiloso el mapamundi y la sospecha es el ama del castillo.
A pesar del aviso tan lejano y cercano al mismo tiempo, aquí seguimos equivocando confianzas. El hombre parece no escarmentar de la experiencia. Le gusta vivir al borde del precipicio, pues sus miras son demasiado cortas. Confiar en el hombre siempre acarrea desasosiego, frustración y desengaño. Todos compartimos cicatrices con nombres propios, heridas que nacieron de creer demasiado en alguien y olvidar la fragilidad humana. Por eso, necesitamos los servicios del mejor cardiólogo, para que sane nuestro corazón de tantas seguridades con demasiado sabor a tierra. Sólo Dios puede restañar la decepción de quienes confiaron a ciegas en la criatura y no fueron capaces de levantar la mirada y contemplar a su Creador, por encima de todo.
Pero nada está perdido. Dios mismo se encarga siempre de echar un Lázaro en nuestro portal, para darnos una nueva oportunidad cada día. Sigue recordando la Alianza y aún en su recuerdo siguen vivos los paseos por el paraíso. Aún con mil razones para dejarnos a nuestra suerte sigue testarudo en su propósito de salvar la creación de sus desvelos. Y se vale de alguien que se convierte en lazarillo para que nuestra riqueza no nos arrastre al tormento. Todos tenemos un Lázaro a quien atender, escuchar, comprender, ayudar. Pero hay que saber descubrirlo en nuestro entorno tan lleno de cosas la mayoría superfluas y de personas acostumbradas a la mediocridad de lo inmediato.
El mendigo murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán, al rico no vino a buscarlo nadie. Lo enterraron junto a su egoísmo y su falta de caridad. Vivió confiado en la riqueza, cavando la tumba en tierra seca. Hizo oídos sordos al lamento de la luz, mendiga deseosa de irradiar el rico corazón sumergido en la lúgubre oscuridad de la noche. Pero no pudo ser a pesar de tanto intento, los perros fueron los únicos que lamieron las llagas como queriendo apaciguar el sufrimiento. Y, como nos pasa siempre, luego vienen las lamentaciones, las llamadas de auxilio que llegan demasiado tarde. La salvación estaba echada en el portal y vivió de espaldas a ella.
Así también nosotros navegando en nuestros linos y púrpuras, seguros de nuestros banquetes, haciéndonos los olvidadizos al pasar por el portal que nos denuncia. Sería cuestión de buscar nuestro Lázaro a toda prisa, pues él tiene la llave que destruye el abismo inmenso. Aprovechar este tiempo favorable para descubrir las luciérnagas de Dios en la periferia de la mansión donde reina la opulencia. Esa que nos pasa factura y nos deja a las puertas de la gloria.
F/DOMINICOS.ORG

