Lunes 04 de julio 2022. Decimocuarta semana del Tiempo Ordinario – Año Par
Beato Pier Giorgio Frassati
Lectura de la profecía de Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22
Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R/. El Señor es clemente y misericordioso
Mateo 9, 18-26: Animo, hija; tu fe te ha salvado
Las gentes están ávidas de la fuerza que emana de Jesús. El Jefe de los judíos se arrodilla ante él porque la necesidad le aprieta y tiene algo que pedir: La vida de su hija peligra y sabe que Jesús podrá salvarla. Este hombre tiene fe; tal vez una fe utilitaria, pero cree en Jesús y Jesús ve su fe y se apresta a llevar su ayuda allí donde se la piden. No podría ser de otra forma: Jesús revive a la niña entre las burlas de los asistentes al velatorio.
Imagino que la noticia causó estupor entre los presentes y entre los que se fueron enterando de la noticia después. Jesús se va haciendo notar y su fama irá creciendo. Una fama que él no busca, pero que tampoco rechaza si resulta favorable para el cumplimiento de su misión. La Buena Noticia, el Evangelio, se va derramando por donde Jesús y sus discípulos pasan, logrando adeptos y despertando envidias y rencores entre sus enemigos.
Intercalado en el viaje aparece el episodio de la hemorroisa. Es una mujer que se arriesga a ser descubierta y tal vez castigada porque su enfermedad, su impureza contaminaría todo lo que ella tocara o la tocara. De hecho, Jesús quedó contaminado, impuro por haber sido tocado por la mujer. No parece que le importara demasiado: sabe que le ha tocado alguien que necesitaba ayuda y se la presta sin dudar. Al igual que tocará a los leprosos y evitará entrar en las ciudades pues es consciente de su impureza legal aunque los evangelistas lo presenten como un rasgo de humildad.
Otro pequeño rasgo que no debemos perder de vista es la importancia de las manos. Las manos sirven para hacer daño, pero en Jesús las manos sirven para tocar, para transmitir salud y vida. Toca los ojos del ciego para que recupere su vista, da la mano al paralítico para que se levante. Toma de la mano a la niña muerta para volverla a la vida y tantas otras acciones, milagros, a lo largo de su vida.
Miremos con atención nuestras manos: ¿Han servido para bendecir o para hacer daño? ¿Las hemos usado para ayudar o nos han servido para abofetear al prójimo? Hagamos que nuestras manos sean las manos con las que Dios quiere terminar su obra creadora. Esa es nuestra misión: amar con el corazón y bendecir ayudando con nuestras manos.
F/ Dominicos.org

