Martes 03 de octubre 2023. Vigésimo sexta semana del Tiempo Ordinario – Año Impar
Beato Domingo Spadafora
Primera lectura de la profecía de Zacarías 8,20-23
Salmo de hoy 86,1-3.4-5.6-7 R/. Dios está con nosotros
Lucas 9,51-56: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén
Jesús ha venido a hacer la voluntad del Padre (Jn 6,38; Hb 10,7) y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día (Jn 6,39). Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4) y Jesús está dispuesto a dar su vida por ello, de ahí que, como se completaron los días, o dicho al modo de San Juan: como iba llegando su hora, la de ser glorificado con su pasión, muerte y resurrección, asume esa voluntad con determinación y decididamente sube a Jerusalén para culminar su obra.
Esta determinación es algo que a los discípulos les supera y no logran entender, de ahí sus reacciones cada vez que Jesús les habla de lo que tiene que suceder. Y no podemos extrañarnos porque a nosotros nos pasaría y nos pasa igual. Seguir a Cristo cuando todo es fácil, cuando todos nos aplauden, nos acogen… eso es bien sencillo. El problema es cuando Jesús nos dice: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quién quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 16, 24-26). El problema es cuando, seguir a Jesús, supone dar la vida como la dio Él por nosotros, sin escatimar esfuerzo.
Hay un texto adicional, que no aparece en el evangelio pero que es clave para entenderlo: “No sabéis de que espíritus sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos”. Este añadido es muy significativo en este texto, primero porque nos muestra que la salvación es para todos, sin excepción. Y segundo, porque nos recuerda que hemos sido bautizados en el Espíritu; Espíritu de consejo y fortaleza, de ciencia y temor del Señor. Un Espíritu que no juzga por apariencias, ni sentencia de oídas (Is 11, 2-10). El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,5). No podemos olvidarnos de esto. Por eso, vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.
F/ Dominicos.org

