“Dios desea tanto abrazar nuestra existencia que, infinito, por nosotros se hace finito; grande, se hace pequeño. He aquí la maravilla de la Navidad: la inaudita ternura de Dios que salva el mundo encarnándose”
El Santo Padre invitaba a volver nuestra mirada al Dios vivo y verdadero, al que esta más allá de todo calculo humano; a él, que borra el pecado cargándolo sobre si, a él que no elimina los problemas, sino que les da una esperanza más grande, a él que nos salva.
“Miremos al Niño, miremos su cuna, contemplemos el pesebre, que los ángeles llaman la «señal». Es, en efecto, el signo que revela el rostro de Dios, que es compasión y misericordia, omnipotente siempre y sólo en el amor. Se hace cercano, tierno y compasivo, este es el modo de ser de Dios: cercanía, compasión, ternura”.
Dios se hizo carne, y en la fragilidad de nuestra carne ha cambiado la historia. Por ello, ante nuestras fragilidades, caídas, problemas, y pecados no debemos sentirnos fracasados sino dejar la iniciativa a Jesús, que nos dice: “Por ti me hice carne, por ti me hice como tú”.