Lunes 05 de agosto 2024. Decimoctava semana del Tiempo Ordinario – Año Par

Salmo 118,29.43.79.80.95.102 R/. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.

Primera lectura del libro de Jeremías 28,1-17:

Mateo 14,13-21: Denles de comer

Vivimos buscando seguridad en nuestras vidas. Hay muchos profetas que nos llaman al engaño a los que fácilmente nos adherimos. También nos instalamos en una falsa seguridad.  Ponemos alarmas en nuestras casas, queremos una ciberseguridad que nos proteja de los intrusos virtuales que roban datos, cuentas bancarias… también ponemos cadenas en nuestras puertas y ventanas, hasta candados a nuestras bicis. Todo para que siga protegiendo nuestro «tener» o «poseer».

Sin embargo, nada de eso sucede con nuestro corazón y nuestra mente. En la primera lectura el profeta Jeremías advierte a pueblo sobre la falsa profecía de Semaías el nejlamita (Biblia de la Conferencia Espiscopal) porque daba falsas seguridades. Suscitar en alguien esas falsas seguridades o esperanzas, es hacer caer deliberadamente a alguien en el error. Uno puede estar convencido de estar haciendo bien, pero luego viene alguien a encararnos con la serenidad que la verdad imprime y nos sentimos desangelados.

Jesús Mesías esperado

Al contrario de los falsos profetas, Jesús se muestra en el Evangelio de Dios como aquel que se compadece de su pueblo. Establece una comunidad de discípulos en la que la certeza de la fe le conduce al servicio y a la generosidad, aunque ella parta de la escasez. Bien valora un pobre el compartir lo que apenas se tiene.

Con la invitación de ese «Dadles vosotros de comer» Jesús establece un criterio moral inexcusable: la responsabilidad hacia los otros que brota de la fe en Dios. No partimos de un complejo de salvador, sino que partimos de la fe. No sacaremos al pobre de su pobreza, pero seremos capaces de paliar el hambre y la sed de muchos cuando ejercemos nuestra responsabilidad hacia el otro.

Desde la fe asumimos que todo hombre y mujer es miembro de la fraternidad humana, el cristiano desde la fe asume que su compromiso va más allá de sus seguridades. Aquí no hay falsa profecía, ni falsas expectativas; al contrario, se establece un criterio de actuación donde la fe adquiere visos de autenticidad. Una fe que se acompaña con obras. Una fe que no implica engaño, sino que implica una coherencia porque nuestra mirada se ha ampliado más allá de nuestras falsas seguridades.

Una palabra sobre la falsa profecía

En el interior de la Iglesia, en no pocas ocasiones se ha escuchado con acritud esta expresión: ¡Cuidado con los falsos profetas! En ocasiones se despierta esta alarma para señalar la falta de rigor litúrgico en los presbíteros; en otras ocasiones, porque las homilías no se desarrollan en la más estricta ortodoxia. ¿Quién tiene el poder de juzgar si alguien es un buen profeta o un falso profeta?

Muchas veces, nos adherimos a las palabras de un Papa y exigimos obediencia ciega, cuando hay sintonía con el depósito de la fe y son sentencias estrictas que condenan el pecado del mundo. Sin embargo, no sucede lo mismo, cuando la luz del Espíritu nos impulsa a contemplar una realidad nueva en la Iglesia. Es entonces cuando proferimos sentencias condenatorias de herejías, lanzamos preguntas al Papa o al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, para que nos aclare la teología o cuál es la postura oficial de la Iglesia ante cuestiones controvertidas. Llegamos a dudar incluso sobre la primacía del pontífice, o no nos adherimos a su visión de la Iglesia y del mundo. En los primeros casos se pide unidad, en el caso contrario, la unidad es cuestionada e incluso se hace palpable la división. Esto genera confusión en no pocos cristianos.

«Dadles vosotros de comer» tiene también que ver – empleando una metáfora musical –  con el mantener un criterio de afinación, el cual, siempre proporcionará una calidad a la voz; asimismo, la guitarra necesita tensar las cuerdas hasta llegar al tono adecuado que requiere cada una de ella. Tensar demasiado hace que se rompa la cuerda. La afinación busca una buena sintonía que unifique cada tonalidad con las otras. Será entonces cuando podremos cantar las alabanzas de Dios en comunión.

De todas las maneras, no podemos quedarnos anclados mirando a la tensión interna de la Iglesia, nuestra prioridad es atender al pobre y al indigente, darles de comer; ofrecer nuestra solidaridad y consuelo a huérfanos y viudas, visitar al enfermo o al encarcelado, todo ello será garantía de una fe realizada en auténticas obras de misericordia.

F/ Dominicos.org

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