La última llamada de Hind Rajab

– Están muertos.

Fue lo primero que escuchó Rana Faqih, operadora de La Media Luna Roja, aquel 29 de enero de 2024 cuando devolvió la llamada al último número que les había marcado. La llamada anterior se había cortado, siendo lo último que se escuchó en servicios de emergencias: disparos, los gritos de Layan de 15 años, y al final, un fuerte silencio.

Ahora era Hind, de 6 años, quien estaba al otro lado de la línea. Su familia, tal como ella dijo, había muerto. Ahí, en el mismo auto en el que, con ella, buscaban escapar de Gaza por orden del ejército israelí, desde las 7 de la mañana.

Habían llegado una estación de gasolina, cuando las balas los alcanzaron. La tía, tío y tres de los primos de Hind murieron al instante. Pocos minutos después, llamando para pedir ayuda, Layan murió también. Ante los oídos de otro operador de emergencias, y ante los ojos de Hind, después de recibir otra ráfaga de disparos.

Hind, ahora, estaba sola. Era la única que quedó consciente, y tomó el teléfono que tan solo segundos antes estaba usando su prima.

– El tanque está a mi lado. Se está moviendo. Quédate conmigo.

– Estoy contigo, cariño.

Mientras Rana intentaba consolarla, Hind se quedó dentro del auto, escondida tal como le decían, rodeada aún de los cuerpos de su familia. A través de la ventana, veía como se movía el tanque del ejército israelí, acercándose lentamente desde el frente, apuntando al auto, amenazante con disparar de nuevo.

– Cuando venga alguien puedes colgar el teléfono, ¿ok?

– No, me quedaré contigo hasta que alguien venga por ti. No te dejaré sola. No colgaré, aunque venga el ejército.

Hind se mantuvo al teléfono por 3 horas, repitiendo que, por favor, por favor, fueran por ella. Que ya estaba anocheciendo, y que tenía miedo. Junto a Rana, a través de la línea, rezaron a Dios.

– Dios, por favor, protégenos. Dios, por favor, protégenos.

Mientras tanto, la Media Luna Roja estaba trabajando con el Ministerio de Salud de Gaza, contactando al ejército israelí para garantizar un camino seguro para la ambulancia que iría a rescatarla. Después de horas de espera, dos paramédicos parten por la ruta designada, recibiendo aprobación para el rescate.

Su última comunicación fue un reporte de ser apuntados por láseres del ejército israelí.

¿Disparos? ¿Una explosión? Se perdió la conexión.

Doce días duró la inquietud. Lo incierto. El no saber qué pasó con los paramédicos. Con Hind.

Hoy su madre, Wissam Hamada, lleva consigo ropa, pintura, juguetes, lo que sea que le recuerde a su hija. La misma niña con quién la pusieron al teléfono, mientras pedía que fueran por ella.

– Hablo con mi hija y está herida, y no puedo localizarla. Me dice que venga a llevarla y no puedo. Me dice que tiene hambre y no puedo darle de comer. Me dice que siente frío y no puedo calentarla.

Porque fue hasta la retirada del ejército israelí, que descubrieron el auto en el que estaban ella y su familia. Tanto Hind, como los paramédicos que iban a rescatarla fueron hallados. Muertos.

Y el auto, que llevaba la vida de un hombre, una mujer, y 5 niños, deshecho. Las ventanas, destrozadas; y las puertas, cubiertas de agujeros de bala. Uno… dos… trescientos treinta y cinco.

Mismo auto cuya réplica se exhibió en el Reino Unido este mes de Junio en que se conmemora a los refugiados. Una réplica en fiel representación de la brutalidad con la que el ejército de un país, con su tanque blindado, disparó a una niña que hoy, tendría 7 años.

Redacción Andrea Ramos

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