Un tren sin estación en Perú
La noticia de que Brasil y China firmaron un acuerdo para iniciar estudios del Ferrocarril Bioceánico, que conectaría el estado brasileño de Bahía con el puerto de Chancay en el Perú, debería haber sido un momento clave para la integración sudamericana. Sin embargo, el detalle más llamativo no es el acuerdo en sí, sino la ausencia del Perú en él. La ruta atravesaría nuestro territorio, pero el gobierno peruano ni siquiera fue invitado a la mesa. Y esto, lejos de ser una anécdota diplomática, es una muestra alarmante del vacío de liderazgo y visión que atraviesa nuestro Estado.
Según declaró el presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Arana, el Ejecutivo “no ha autorizado ni piensa invertir” en este proyecto, cuyo costo estimado asciende a unos 10 mil millones de dólares. Arana aseguró que se trata de una iniciativa entre dos países y que, si Brasil desea avanzar, deberá hacerlo por cuenta propia o bajo inversión privada. Esta posición, aunque prudente desde el punto de vista fiscal, revela una preocupante falta de interés por un proyecto que podría redefinir la geopolítica comercial en América del Sur.
Brasil, desde hace años, ha intentado encontrar una salida eficiente al océano Pacífico para facilitar el comercio con Asia. Lo ha intentado por Matarani, por el Callao, y ahora lo hace apuntando al megapuerto de Chancay. Esta elección no es casual: la infraestructura china que se levanta en la costa peruana es vista como un nodo estratégico. Sin embargo, que el país anfitrión del puerto ni siquiera sea considerado en las conversaciones iniciales del ferrocarril que llevaría hasta allí, habla de una diplomacia pasiva y de una visión desarticulada del desarrollo nacional.
El Gobierno ha optado por deslindarse tajantemente del proyecto, tanto en lo técnico como en lo político. El canciller Elmer Schialer afirmó que no se ha recibido ninguna coordinación formal con los gobiernos involucrados y que cualquier evaluación futura dependerá de las “capacidades e intereses” del Perú. La reacción gubernamental es reactiva y defensiva: no se expresa una voluntad propositiva, ni se anticipan escenarios, ni se plantea una ruta de negociación.
Es cierto que el Perú no puede asumir con ligereza una inversión tan abultada como la que requeriría este tren interoceánico. Pero también es cierto que nuestra ubicación geográfica es clave, y que quedarnos al margen de esta iniciativa, sin siquiera poner condiciones o participar en su diseño, puede costarnos mucho más en términos de influencia y desarrollo a largo plazo. No se trata de firmar cualquier acuerdo, sino de tener la capacidad de sentarse en la mesa y defender nuestros intereses.
Una obra de esta magnitud no se construye en silencio ni entre bastidores. El Ferrocarril Bioceánico podría traer oportunidades económicas y logísticas al Perú, pero también conlleva riesgos ambientales, sociales y territoriales. El Estado tiene la obligación de liderar el debate, no de huir de él. Porque si permitimos que las decisiones se tomen sobre nuestras tierras sin nuestra voz, corremos el riesgo de ser solo un territorio de paso, y no un actor soberano en nuestro propio desarrollo.
Redacción David Mendez

