Miércoles 27 de agosto del 2025. Vigésimo primera Semana del Tiempo Ordinario – Año Impar
Santa Mónica
Primera lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 9-13
Salmo 138, 7-8. 9-10. 11-12ab R/. Señor, tú me sondeas y me conoces
Mateo 23, 27-32: Por fuera parecen justos, pero por dentro…
«Señor, tú me sondeas y me conoces»
Las lecturas de hoy, vuelven a ser un regalo para el que las medita, guardándolas en su corazón. San Pablo repasa su conducta ante los Tesalonicenses con verdad, sin aspavientos y sin fingimientos. Es difícil poder hablar de nosotros mismos con verdad. En el caso de Pablo, es la luz de Cristo el foco que alumbra su autoconocimiento. Con su ejemplo, nos exhorta a llevar una vida digna y nos da la receta: acoger la palabra de Dios como palabra sagrada, para que permanezca operante en nosotros. Acoger no es apropiarnos, no es sentirnos dueños de la Palabra sino dejar que actúe, que se mueva en nosotros. Tenemos que liberar espacio interior como lo hacemos con los borrados masivos en nuestros teléfonos móviles. Borrar es soltar nuestras pobres garantías.
Dejemos que la Palabra opere en nosotros con libertad y sin restricciones. Nuestra única garantía es que el Señor nos conoce, por dentro y por fuera. Ahora, nos toca contemplar con mucha paz esta maravilla, como hizo María, para proclamar su grandeza.
«¡Ay de vosotros!»
El evangelio de Marcos nos da hoy una buena sacudida. Qué tentador puede ser para un predicador cambiar de palabras. Tendremos que estar vigilantes para no vender humo a los que nos escuchan. Hablamos con apego humano de lo divino, proyectando nuestro deslumbramiento por lo brillante más que por lo luminoso. Optamos por conservar aquello que nos permite sobrevivir sin alterar nuestras aparentes buenas costumbres.
La luz de Cristo nos descubre un rostro desconocido, desfigurado, herido, sucio. No nos gusta vernos en él y limpiamos nuestra apariencia con maquillajes y operaciones estéticas engañosas ¡Ay de nosotros!
En estos últimos días de verano, transitamos pacíficamente por nuestras pequeñas y grandes miserias, proyectando sobre ellas una mirada contemplativa, benevolente. Permanecemos tranquilos porque, también nosotros, como san Agustín, tenemos a una Madre que se aflige, llora e intercede. Jesús la escucha.
F/ Dominicos.org

