Discriminación étnico-racial en Arequipa, la cifra que pocos quieren ver

La discriminación étnico-racial sigue siendo una herida abierta en Arequipa. Según datos del Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (Ceplan), elaborados a partir de la Encuesta Nacional de Hogares del INEI, la región registró entre 2020 y 2024 un promedio de 15,9% de percepción de maltrato o intento de discriminación, ubicándose entre los tres departamentos con mayores índices del país, solo detrás de Puno (17,7%) y Tacna (17,1%). La cifra contrasta con el discurso oficial de «Ciudad Blanca» hospitalaria y revela una tensión persistente entre la identidad criolla-mestiza de Arequipa y las comunidades altiplánicas que migraron a la ciudad en busca de oportunidades.

El caso más visible de este conflicto estalló en agosto de 2025, cuando la Municipalidad Provincial de Arequipa restringió la participación de danzas altiplánicas como, morenadas, caporales, tinkus, diabladas y saya en el tradicional Corso de la Amistad por el aniversario de la ciudad. La medida, justificada por el ex alcalde Víctor Hugo Rivera como una decisión logística para acortar la duración del desfile, fue calificada por la Asociación Provincial de Puno y la Asociación Nacional de Caporales del Perú como un acto discriminatorio contra expresiones culturales que la Unesco reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2014. El exdirigente Edson Solórzano presentó una denuncia penal contra el burgomaestre por discriminación e incitación a la discriminación, proceso que hasta diciembre de 2025 seguía bajo investigación fiscal, con el Ministerio de Cultura participando como veedor.

Para José Luis Ramos, sociólogo y catedrático de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), el conflicto trasciende lo organizativo. El docente sostuvo que la controversia responde, en parte, a un problema estructural de organización, donde las autoridades no abordan estos temas con anticipación, pero también identificó un componente más profundo, siendo el racismo latente en redes sociales durante las fechas festivas, que en lugar de celebrar la diversidad termina excluyéndola. Ramos recordó además que historiadores como Guillermo Carpio Muñoz y Eusebio Paz Soldán ya habían señalado el mestizaje como un rasgo identitario esencial de la región, lo que hace más contradictoria la exclusión de las expresiones altiplánicas del imaginario «oficial» arequipeño. A esto se suma el trabajo de la Fiscalía Penal Supraprovincial Especializada en Derechos Humanos de Arequipa, que en octubre de 2025 estableció una alianza con el Ministerio de Cultura para articular campañas y capacitaciones contra el racismo en el marco de la estrategia nacional «Perú sin Racismo».

El panorama nacional confirma que el problema no es aislado; el Ministerio de Cultura reportó un incremento sostenido de denuncias a través de la línea gratuita 1817, pasando de 116 reportes en 2022 a 284 en 2024. Mientras el Estado peruano se ha trazado como meta reducir la discriminación étnico-racial percibida a 8,1% para 2030, el caso arequipeño expone que el rechazo cultural hacia lo altoandino no se limita a actos individuales de racismo cotidiano, sino que puede manifestarse también en decisiones institucionales que, de manera explícita o velada, jerarquizan qué expresiones culturales merecen un lugar central en el espacio público y cuáles deben quedar al margen.

Redacción Patty Mamani

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