Miércoles 30 de diciembre de 2020
Juan Ma. Bocardo, fundador (1884)
1Jn 2, 12-17 Dios permanece para siempre
Salmo 95: Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones
Lc 2, 22.36-40: Ana hablaba del Niño a todos
Hoy continúa Lc. 2,36-40 presentándonos a Ana, hija de Fanuel (v.36). Ana, cuyo nombre significa “Gracia”, igual que Simeón esperaba la liberación de su pueblo y al Salvador prometido. ¡Qué alegría experimentarían estas personas, como nuestros abuelos, cuando nace un nieto! No cesaba de agradecer a Dios con alegría.
Ellos representan al pequeño resto de Israel que esperaba con ansias al liberador. La liberación está ya entre ellos y nosotros. De nosotros depende abrir nuestro corazón y nuestros ojos a Jesús que ilumina, alegre y fortalece nuestra vida para ser mejores personas.
Jesús es nuestro liberador, aquél que nos libera desde la profundidad interior de todo lo que nos ata, egoísmos, ceguera, carencia de fe, de amor, de esperanza. Él es la luz que abre nuestros ojos para contemplar el rostro de Dios y contemplarlo en la realidad de los niños y niñas migrantes que con sus padres huyen o van en busca de una vida mejor. Se encuentran con la dura realidad de marginación y de exclusión. He allí nuestra tarea como creyentes no quedarnos mirando el sufrimiento, sino haciendo algo como comunidades cristianas para despertar el sentido de solidaridad hacia los niños indefensos.
Es el Dios con nosotros que en concreto nos invita a tomar la vida en serio con fe y con esperanza. El apóstol y evangelista Juan nos recuerda que Jesús vincula, une por el amor. El amor hace crecer y madurar a todo ser humano.
Este conocimiento del amor a Dios nace, crece y se desarrolla en la familia. Juan lo dice claramente en su carta 1 Jn 2, 12-17: “Padres, les escribo a ustedes, porque conocen al que existe desde el principio. Jóvenes, les escribo a ustedes porque han vencido al Maligno” (v. 13)
Si conocemos a Dios y caminamos en su presencia, sabremos vencer al mal, la desunión en las familias, la protección de niños y de ancianos, renunciar a la codicia, orgullo y ambición para buscar el verdadero tesoro que es Dios. Esto es lo que mantendrá a una familia unida y reconciliada consigo mismo y con Dios.
(+) Fr. Héctor Herrera op.

