Homilía Domingo de Ramos

Lectura 1: Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Lectura 2: Filipenses 2, 6-11
Evangelio: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14, 1–15, 47

Domingo de Ramos… domingo de dolor, de tristeza, de angustia, de pesadumbre. Dolores acumulados y concentrados en estos días en Jesús, nuestro Señor…y en tantos, tantísimos hermanos nuestros debido a la pandemia principalmente.., hermanos/as nuestros porque estamos ligados en la común humanidad, aunque eso sí hemos de distanciarnos de aquellos que de manera inhumana trafican en precios, alimentos, medicamentos, etc. en estos tiempos duros.

La Lectura primera, entresacada del gran profeta Isaías, manifiesta que nuestro buen Dios nos concede lengua y oído de discípulos, es decir, estamos capacitados para no sólo para oír la Palabra de Dios sino además para proclamarla. La espiritualidad del creyente pasa por escuchar atentamente la novedad de la Palabra de Dios, y pasa también por comunicarla a los demás.

Isaías en los versículos de hoy habla también de golpes, ultrajes, salivazos. Es decir, de personas violentas que atentan contra la persona que trata de resistir los embates. Repasando las noticias hemos de indagar por la situación de violencia que se da en varias partes del mundo. Y mirando nuestro corazón hemos de preguntarnos cómo nos situamos ante la violencia, la maldad social, la mentira política (politiquera), ante toda actitud violenta, incluyendo las que ocurren en las redes sociales.

Una actitud noble, muy noble, que nos mueve a cambiar, es la que hallamos en la Lectura segunda. Jesús despojado de sí mismo, auto-humillado, y siendo liquidado en la muerte horrenda de la cruz, es ahora levantado por Dios mismo, tanto así que su Nombre, es digno de ser proclamado entre los seres humanos. Nombre al que también hemos de honrar con nuestro cuerpo. El despojado es ahora (será) revestido de gloria y alabanza.

Solemos a veces imaginar a Jesús solo, solito…pero les recuerdo la íntima comunión de Jesús con los sufrientes, con los desposeídos hasta de los elementales derechos. La pasión de Jesús se da también a través de los padecimientos de tanta gente humillada por carencias incluso elementales como agua, comida, acceso a justicia, acceso a medicamentos y oxígeno, etc. pero también acceso a refugio y ternura, derecho a la verdad política, a gozar de un medio-ambiente sano, etc.

Y Jesús en el Evangelio de hoy prácticamente no responde nada. Le golpean, le insultan, le escupen, le golpean la cabeza, le avergüenzan. Le crucifican desnudo. Tanta bajeza humana aliada contra Jesús, el Señor de la Vida. Y exclama, se queja ante el amado Dios, le grita en medio de este drama inhumano: Oh Dios -papito mío, mamita mía- por qué me has abandonado… por qué las fuerzas oscuras del sistema perverso en manos de hombres hipócritas y violentos se han ensañado contra mí… Por qué?

Y cuando Jesús, el judío profeta de Galilea, entrega su espíritu a Dios, y nos entrega su espíritu a nosotros, nos dice el Evangelio que está ahí un centurión, es decir, un oficial del ejército romano pues éste debía verificar las condiciones de la crucifixión como un castigo impuesto a los sediciosos del gran Imperio Romano. Pues, este centurión, alguien no perteneciente al pueblo hebreo, exclama que este hombre crucificado es de verdad Hijo de Dios.

Jesús, el Hijo del Altísimo, se ha bajado, lo han vapuleado, han buscado degradarlo, casi no tiene figura humana. Jesús no glorifica el sufrimiento, él glorifica el amor hasta el extremo, el servicio en beneficio de los demás, y por tanto glorifica lo que se aproxima al amor, y por consecuencia nos hace alejarnos de toda forma violenta que pretende imponerse a los demás especialmente a los humillados.

Domingo de Ramos… de sufrimiento, de desconsuelo, de zozobra, de tortura… y que palpamos en la carne sufriente de tantos hermanos/as nuestros.

Glorifiquemos el amor, con las consecuencias de un mejor estilo de vida más justo y tierno, que desenmascara las cargas opresivas hacia los demás. Estar con el Crucificado es también abrir corazones, inteligencia, manos, proyectos, etc. para rescatar a quien lo necesita, para aliviar sufrimientos… Y gritar a Dios, con un rugido orante: ¿Dios mío, Dios mío, nos abandonarás?

Fr. Marco Nureña, OP
Radio San Martín Arequipa

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