Homilía VI Domingo de Pascua

Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)

Lectura 1: Hch 10,25-26.34-35.44-48

Salmo: Sal 97

Lectura 2: 1Jn 4,7-10

Evangelio: Jn 15,9-17

Soy un ser humano como tú, respondió Pedro a Cornelio. La primera Lectura añade que al que tiene temor (reverencia) y practica la justicia Dios lo acepta, y que el Espíritu Santo se derramó sobre todos, también sobre los gentiles. Ante esta situación, Pedro interroga si se puede negar el bautismo a los que han recibido el Espíritu igual que ellos. Y hubo bautismos. Uno podría pensar que cuando el Santo Espíritu “embriaga” al creyente, entonces cualquier interrogante referida a la salvación ya queda resuelta, pero leemos que ocurrió lo contrario: el Espíritu se derramó sobre las personas, y a continuación Pedro les lanzó un interrogante.

El Espíritu Santo no quita nuestra humanidad como personas, más bien colorea nuestra vida interior, le da, diríamos, un propio aroma, es decir, se conjuga con nuestra particular manera de ser. No hay clones espirituales: qué espanto!, lo que hay es originalidad. El Espíritu nos da mayor capacidad de acogida: acogida de interrogantes, de personas, de situaciones; y acrecienta nuestra inquietud en orden a la salvación y como motor de búsqueda de la verdad en cualquier lugar donde ésta aparezca.

Esta acogida de parte nuestra, iluminada por la luz siempre excesiva del Espíritu, incluye el amor mutuo. El fundamento es hermoso según la segunda Lectura, Dios es amor y así se ha manifestado: envió al mundo a su Hijo, para que vivamos por medio de él. Y que el amor consiste en que Dios se dirige desde sí mismo hacia nosotros, amor gratuito que Dios comparte su cariño con nosotros, pero no es amor barato porque ese mismo amor es compartido hacia la humanidad.

Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. El amor es expansivo, va hacia los demás, no es para mi “grupito” -cualquiera que sea-, es para todos. Aquel que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Amar es, por así decir, nacer bajo condiciones nuevas, es renacer en medio de las dificultades, es rehacer la bondad entre nosotros incluyendo a la madre naturaleza. Amar, amar hasta el cansancio… hasta al enemigo… amarnos hasta que nos duela y ese dolor sea salvífico; algo no fácil, pero estamos en camino y lo hacemos de manera alegre animando a los demás.

El Evangelio de hoy nos sigue insistiendo en el amor, en permanecer en el amor de Dios, en guardar la amistad con Jesús, en desplegar el amor que el Espíritu va generando en nosotros. Jesús les dice a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así les he amado, permanezcan en mi amor. Así como Jesús permanece en el amor al Padre, así también nosotros hemos de permanecer en ese amor. Es un amor vinculante, relacional, entre el Padre, Jesús, nosotros, el Espíritu.

Jesús les ha dirigido estas palabras a sus discípulos para que la alegría que mora en él también permanezca en sus discípulos, y que llegue a plenitud. El amor mutuo proviene del amor que Jesús nos brinda. Al fin y al cabo no existen dos amores sino uno: amor a Dios y a los demás como amor en unidad.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, sella Jesús. Y que no somos siervos, esclavos, dependientes, marionetas. Somos sus amigos, porque todo lo que se da en comunión con el Padre, el mismo Jesús nos lo hace participar. Y sabemos que un signo de amistad es cuando un amigo nos hace partícipes de su vida; también nosotros hemos de manifestar estos signos no solo a los de nuestro “grupito” sino expandir el amor cristiano, bajo la iluminación del Espíritu, a las personas heridas en el mundo, incluyendo el amor social que nos habla el Papa Francisco.

Jesús nos hace partícipes de su amor al también habernos elegido. Somos parte de un proyecto de amor más englobante de lo que podemos soñar o planear. Por eso estamos destinados a dar fruto, a dar mucho fruto y que persista. Somos seres humanos como el apóstol Pedro, como Santo Domingo de Guzmán, como el que está a mi lado, como el que está lejano… somos seres humanos en camino hacia el amor mutuo porque amar es un suave y clarísimo signo de la permanencia del amor divino entre nosotros. Así alabaremos a Dios en tanto caminamos hacia el amor mutuo y social.

Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín – Arequipa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *