La esperanza renace diciendo la verdad sobre nosotros

Jesús despojado de todo, dijo Francisco en su catequesis, nos recuerda que la esperanza renace diciendo la verdad sobre nosotros, dejando caer las dobleces. La esperanza de Dios nace y renace en los agujeros negros de nuestras expectativas decepcionadas; no decepciona nunca. La cruz: ese madero de muerte, convertido en árbol de vida, “nos recuerda que los inicios de Dios empiezan a menudo en nuestros finales: Él ama obrar maravilla», dijo el Papa.

“La esperanza de Dios brota así, nace y renace en los agujeros negros de nuestras expectativas decepcionadas; y esta, sin embargo, no decepciona nunca”.

Al describir la cruz, ese madero de muerte, dijo Francisco, terrible instrumento de tortura, allí Dios ha realizado el mayor signo del amor. “Ese madero de muerte, convertido en árbol de vida, nos recuerda que los inicios de Dios empiezan a menudo en nuestros finales: Él ama obrar maravillas”. Miremos el árbol de la vida, invitó el Papa, para que brote en nosotros la esperanza: para ser sanados de la tristeza de la que estamos enfermos.

“A nosotros, nos cuesta ponernos al desnudo, a decir la verdad; nos revestimos de exterioridad que buscamos y cuidamos, con máscaras para camuflarnos y mostrarnos mejor de lo que somos. Pensamos que lo importante es ostentar, para que los otros hablen bien de nosotros. Y nos adornamos de apariencias, de cosas superfluas; pero así no encontramos paz”.

Jesús despojado de todo, dijo el Papa, nos recuerda que la esperanza renace diciendo la verdad sobre nosotros, dejando caer las dobleces, liberándonos de la pacífica convivencia con nuestras falsedades.

«Como Jesús que en la cruz no recrimina, sino que ama. Ama y perdona a quien lo hiere (cfr Lc 23,34). Así convierte el mal en bien, así transforma el dolor en amor».

Por último, Francisco aconsejó que en estos días santos nos acerquemos al Crucificado. «Pongámonos delante de Él, despojado, para decir la verdad sobre nosotros mismos, quitando lo superfluo. Mirémosle herido, y pongamos nuestras heridas en las suyas. Dejemos que Jesús regenere en nosotros la esperanza».

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