Lunes 11 marzo 2024 Cuarta semana de Cuaresma

Primera lectura del libro de Isaías 65, 17-21

Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Juan 4, 43-54: Y creyó él con toda su familia

El dolor paraliza, pero la fe nos hace echar para adelante, me pone en camino. Hay situaciones que ponen a prueba la consistencia de la fe de uno. la prueba la tenemos en este relato que nos propone el Evangelio que nos ocupa. Aparece de repente este padre de familia desesperado que busca ayuda. Y es identificado no sólo como un padre, sino como un funcionario nada más y nada menos que del gobernador. El encarna la reacción positiva ante Jesús, una persona que partiendo de esta oscura situación de dolor hace un precioso, luminoso y restaurador camino de fe.

En el relato hay detalles sutiles que muestran cómo es que al interior de una dinámica de fe se lleva a cabo una sanación. Un padre atribulado que se deja cambiar las expectativas. Al borde de la desesperación, no sólo «ruega», sino que apura a Jesús. Anhela su presencia en su casa. Está convencido de que la sanación solamente puede darse a través del contacto físico con el sanador. Y es aquí donde Jesús le lleva a dar un giro: la novedad de la vida se genera por medio de la fe en la Palabra, no por el despliegue de medios y energías.

Una palabra es suficiente para poner en camino «Vete, que tu hijo vive». Y el instante resultó luminoso, creyó en la Palabra. Y él creyó sin conocer bien a quien invocaba. Con el tiempo sus ojos descubrirán lo que su corazón se atrevió a creer. El Maestro no lo decepciona. No se desilusionó por no haber podido traerlo hasta su casa, como era su proyecto inicial. Con todo, trajo a Jesús a su hogar de otra manera.

Aquel padre atribulado no sólo fue dócil, sino que aprendió una lección: de nada sirve un contacto físico si antes el corazón no se deja tocar por una palabra que pide hospitalidad. Una fe que sólo pide milagros es una fe inmadura. La respuesta de Jesús a la petición no pasaría de un acto mágico. Pero la obra de Jesús es otra cosa, es el «signo» de una revelación, de una presencia que te da un nuevo conocer a Dios y te cambia la vida entera. De hecho, a partir de aquí Jesús comienza a ser parte, no sólo de la vida del padre, sino de la casa entera.

Creer es dejarse en camino para salir de la postración, sostenidos sólo por la confianza en la palabra que Jesús ha pronunciado. Creer es dejarse mover por el amor. Creer es aceptar la verdad de la palabra y, por medio de ella, abrazar a la persona entera de Jesús. Creer es pasar de los signos exteriores al signo por excelencia que es el hijo de Dios. Creer es pasar de la desilusión a la confianza, de la angustia a la serenidad habitada por una certeza que le da seguridad a tu corazón. Creer es hacerse humilde, no importa los títulos que tengas, es reconocer nuestra pobreza y nuestra vulnerabilidad ante los límites de la vida.

De ida va con el corazón cargado por el peso del dolor, de regreso sólo trae la verdad y la eficacia de la Palabra del Señor. Fue así como le abrió las puertas de su casa a Jesús. Y Jesús entró. Jesús entra en sintonía con quien es capaz de afrontar las adversidades con pasos decisivos y mantiene en alto la esperanza en los días más difíciles. El único obstáculo que puede encontrarse en nosotros es creernos que ningún profeta es bien mirado en su tierra.

F/ Dominicos.org

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