Sábado 11 de enero de 2020. A. Después de Epifanía
Teodosio (529)
1Jn 5,14-21: Dios nos escucha. Salmo 149: El Señor ama a su pueblo. Jn 3,22-30: El amigo se alegra con el esposo.
Jn 3,22-30: Juan Bautista bautizaba con agua. Era una purificación que significa un cambio de actitud. Aparentemente Jesús se había quedado un tiempo con sus discípulos en un pueblo cerca a Salín donde Juan bautizaba y él hacía lo mismo. Uno de los discípulos de Juan, es cuestionado por un judío acerca de las purificaciones. Y le dicen a Juan: “Maestro, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, del que diste testimonio, está bautizando, y todo el mundo acude a él” (Jn 3,26)
Juan Bautista, responde con una gran humildad. Él no se pone celoso, quizás como nosotros, sino que él ya había reconocido a Jesús como el Cordero de Dios. Jesús nos bautizará en el agua y el Espíritu Santo. Juan reconoce a Jesús como el Mesías, él solo es el enviado que ha venido delante de él, para prepararle el camino.
Jesús por el bautismo nos hace renacer de nuevo. Estamos llamados por vocación a ser personas nuevas, a renacer con Cristo a una vida nueva. Jesús nos trae una vida de felicidad, a reconocernos como hijas, os de un mismo Padre que nos ama y que nos exige a vivir ese don de Dios que es la fraternidad. Juan Bautista siente alegría por la presencia de Cristo. Porque el novio ha sellado una alianza nueva con la humanidad. Y exclama con alegría, refiriéndose a Jesús: “Él debe crecer y yo disminuir” (v.30).
El novio es Jesús, el amigo del novio es Juan Bautista, que se alegra al oír su voz. La novia es el pueblo que se alegra con las buenas noticias de Jesús. Alegrémonos con Jesús trabajando en defensa de la vida y de la dignidad de todos. Haciendo una conversión en el cuidado de creación para vivir en paz y armonía con la naturaleza.
Fr. Héctor Herrera O.P.

