Homilía III Domingo de Pascua
Lectura 1: Hch 3,13-15.17-19
Salmo: Sal 4,2.4.7.9
Lectura 2: 1Jn 2,1-5a
Evangelio: Lc 24, 35-48
Dios de nuestras madres, de nuestros padres… Dios de nuestros antecesores, Dios que nos une conjuntamente a Sara, Agar y Abraham, que nos entronca con Isaac e Ismael, y con Moisés y sus hermanos Miriam y Aarón. Dios que ha glorificado al siervo Jesús, rechazado por muchos debido a una vida falsa. Los apóstoles dan testimonio de este mensaje ligado al Antiguo Testamento, noble labor de predicación en la que resalta el apóstol Pedro, y que amplifica el mensaje salvador al decir que Dios vivo es el que resucitó de entre los muertos a Jesús, autor de la vida.
Así, con este mensaje de vida por parte de Dios, se da plenitud a lo advertido desde tiempos antiquísimos por los profetas, aquellos varones y mujeres envueltos en tan hondo y extensivo amor a Dios que cumplen un rol religioso y social a la vez, pues denuncian las maldades del corazón humano, preferentemente en las autoridades del pueblo, y que traen como consecuencia una vida marginada entre los pobladores. Pedro pide en su predicación que los oyentes se arrepientan de haber rechazado a Jesús, que transformen su vida entera (actitudes, mentalidad, interioridad, acción, etc.)
Acogiendo el trocito de la primera Carta de san Juan (lectura segunda) a la par acogemos que Jesús es nuestro noble abogado, es nuestro tierno defensor. Nosotros somos nuestros propios acusadores, en tanto que Jesús es el liberador de culpas, complejos, maldades… Que Jesucristo fue una víctima, y este mensaje trae para nosotros como pueblo creyente la consecuencia de fundar, tal vez como utopía, lazos y estructuras de hermandad en la que no haya víctimas porque tampoco habrá victimarios bajo ningún ropaje.
Esta segunda lectura nos urge para que crezcamos en conocer a Jesús, el Amigo de la vida, e igualmente a guardar sus mandamientos como parte de la Alianza renovada en el propio Jesús de Nazaret. Y quien guarda su Palabra, quien contempla la Palabra liberadora y la lleva en práctica, esa persona está en la senda del amor de Dios que tiende a la plenitud.
En el Evangelio de hoy, Jesús les da la paz a sus discípulos, el shalom, que es mucho más que la paz mental o psicológica que los cristianos urbanos pretendemos. El shalom involucra la paz entre las personas no como quietud de violencia sino dimensión que atraviesa la vida basada en la justicia (como indica lo mejor del pensamiento bíblico: la paz se basa en la justicia, la paz y la justicia se abrazan/se besan). Jesús no es un espíritu (resaltando el aspecto fantasmal), por eso muestra sus heridas marcadas en sus manos y pies; tiene “carne y huesos”: su corporalidad llagada está transfigurada a raíz de la resurrección.
Y Jesús pide que lo toquen, que se atrevan a tocarlo, es decir, que las manos de sus discípulos palpen, rocen, toquen, su piel herida y luminosa a la vez. Esta situación algo asombrosa será motivo de alegría desbordante para los discípulos, pues tocar a Jesús es conocerlo, tocar es intimar con Jesús. El Resucitado no es un fantasma, no es un “ser supremo” o un ser distante de sus más cercanos; está vivo entre nosotros y muestra su propia dimensión corporal envuelta en la luz radiante de Dios.
Jesús en su diáfana humanidad pide a sus discípulos algo de comer. Y le ofrecen algo que tienen o que con casi con seguridad estaban comiendo. Y come delante de ellos un trocito de pez asado. ¡La Resurrección había provocado hambre en Jesús! Jesús participa así de la cotidianidad de la comida con sus discípulos. Quizá por eso saciar el hambre -la falta de comida es un aspecto de la falta de justicia entre nosotros, por cierto- de tanta gente es un aspecto de resurrección.
Jesús ayuda a recordar a los discípulos, les pide que vuelvan a pasar por sus corazones las palabras que les había dicho: que iba a cumplirse lo manifestado en líneas generales por el Testamento Sagrado (denominado Antiguo o Primero por nosotros). Jesús impacta en sus discípulos de tal manera que se produce una apertura en las mentes de aquéllos para así acoger lo que podríamos denominar el sentido íntimo de las Escrituras en relación con Jesús: que padecerá y resucitará, y que en su propia persona se predicará la conversión para el perdón de pecados a los pueblos.
Los discípulos de aquellos tiempos fueron los testigos de este mensaje liberador. Nosotros, además de receptores, somos los continuadores de este mensaje, somos los testigos de Jesús Resucitado, no porque repitamos recetas antiguas o busquemos recrear tiempos e idearios bíblicos, sino porque tratamos de condimentar con ingredientes cristianos y hondamente humanos la vida misma: vivir como resucitados, invocando al Dios de nuestras madres y padres de la fe, y proyectándonos como pueblo sin víctimas ni victimarios.
Fr. Marco Antonio Nureña Anacleto, OP.
Radio San Martín – Arequipa

