Lunes 09 de Setiembre de 2019. 23ª Semana T.0.
Sta. María La Antigua. Pedro Claver (1654)
Col 1,24–2,3: Dios me ha nombrado ministro. Salmo 61: Dios es nuestra salvación y nuestra gloria. Lc 6,6-11: Acechaban para ver si curaba en sábado.
Lc 6, 6-11. Jesús, comienza a enseñar en la sinagoga. Ve a uno que tiene la mano paralizada. Los fariseos lo expían para ver si lo sanaba en sábado. Él sana, escucha el grito del pobre. “Levántate, ponte de pie en medio” (v.8) El discapacitado, excluido, se convierte en el centro de la atención de Jesús. Lo sana y lo introduce de nuevo en la comunidad.
Desenmascara la insensibilidad de los fariseos que se creían muy religiosos y perfectos. Se enfurecen, porque Jesús lo había sanado rompiendo con su legalismo del sábado, pues su ceguera, como puede sucedernos hoy, los hacía indiferentes. Para ellos, primero es la norma, antes que la vida, don de Dios. ¡Hoy nuestra sociedad es indiferente a la vida humana y ese el mayor pecado! ¡Cuántas religiosas, laicos, vendan las heridas físicas y morales de tantas personas paralizadas por el miedo!.
Este Dios sana, toca el corazón, devuelve la alegría y la libertad a las personas. Los integra a la comunidad, nos compromete a sanar heridas, enfermedades, para ser una Iglesia samaritana que incluye y vive la alegría del evangelio.
“Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28,19). San Pablo afirma que, en el Pueblo de Dios, en la Iglesia “no hay judío ni griego, porque todos uds, son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28) E.G. No.113.
