Miércoles 23 de Octubrede 2019. C. 29ª Semana T.0.

Antonio Galvao (1822) Juan Capistrano (1456)

Rom 6,12-18: Ofrézcanse a Dios. Salmo 123: El Señor es nuestra ayuda. Lc 12,39-48: Al que se le dio mucho, se le exigirá mucho.

Lc 12,39-48: Sean buenos administradores de los dones que Dios ha puesto en nuestras manos. “Porque a quien mucho se le confió, mucho más se le exigirá” (Lc 12,48).

Un buen administrador es fiel y previsor. Se comporta con rectitud y respeto con los demás. En cambio, un mal administrador no respeta a los demás, los trata con prepotencia, despilfarra los bienes que ha recibido para administrarlos.

En nuestra sociedad, algunos administran mal los bienes. Si tienen un cargo público, no sirven al bien común, si no a sí mismo. El único camino para vencer el pecado de la corrupción es salir de la soberbia, el autoritarismo y pensar en propuestas en la educación, salud y bienestar de todos, con la caridad y solidaridad evangélica.

Administrar bien los bienes a nivel personal y comunitaria, es crear una conciencia ética y crítica con responsabilidad.

El sujeto de la democracia es el pueblo, quien delega el poder en las autoridades, pero éste tiene que reflexionar en quien elige, que propuestas tiene, es honesto para dirigir y legislar en bien de todos. O sólo busca como recuperar el dinero, aprovecharse del poder para servir a sus propios intereses, o realmente quiere servir a su nación.

Jesús ha dicho: «Al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más». Por lo tanto, preguntémonos: en esta ciudad, en esta Comunidad eclesial, ¿somos libres o somos esclavos, somos sal y luz? ¿Somos levadura? O ¿estamos apagados, sosos, hostiles, desalentados, irrelevantes y cansados?

Sin duda, los graves hechos de corrupción, surgidos recientemente, requieren una seria y consciente conversión de los corazones, para un renacer espiritual y moral, así como un renovado compromiso para construir una ciudad más justa y solidaria, donde los pobres, los débiles y los marginados estén en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestras acciones de cada día. ¡Es necesaria una gran y cotidiana actitud de libertad cristiana para tener la valentía de proclamar, en nuestra Ciudad, que hay que defender a los pobres, y no defenderse de los pobres, que hay que servir a los débiles y no servirse de los débiles! (Homilía de S.S. Francisco, 31 de diciembre de 2014).

¿Cómo administramos los dones que Dios nos ha dado, los ponemos al servicio del bien común? ¿Buscamos la protección y la seguridad como hermanos, o somos indiferentes a un cambio de vida social, educativa y política?

Fr. Héctor Herrera, O.P.

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