Viernes 22 de noviembre de 2019. C. 33ª Semana T.0.

Cecilia, virgen y mártir (177)

1Mac 4,36-37.52-59: Celebraron la consagración del altar. Interleccional 1Cr 29: Alabamos, Señor, tu nombre glorioso. Lc 19,45-48: Se puso a echar a los mercaderes.

Hoy recordamos a Santa Cecilia, patrona de los músicos. «Tenía Cecilia Metela, además de su gran belleza, otras dotes para cautivar a los hombres. Era discretamente entendida en letras, tocaba muy bien la lira, estudió geometría y gustaba de proponer con talento y fruto cuestiones filosóficas. Pero lo principal era que no se le vio frivolidad ni afectado empaque y no era tan vanidosa como lo suelen ser las doncellas de tantas prendas y erudición». (Plutarco en vidas paralelas)

Lc 19,45-48, Jesús lloraba, por Jerusalén, no había reconocido el día de la salvación de Dios. Hoy entra en el Templo, lugar muy querido para él. A los doce años estuvo allí discutiendo con los doctores de la Ley. Se le remueven las entrañas al ver convertida la casa de oración en comercio. “Isaías (Is 56,7) había dicho que el Templo tenía que ser «casa de oración para todos los pueblos». Jeremías (Jr 7,11) se quejaba de que, algunos lo convertían en cueva de ladrones. Jesús une las dos citas en la misma queja. Probablemente el clima de feria de negocios que reinaba en los atrios del Templo, con la venta de animales para los sacrificios y el cambio de monedas para los que venían del extranjero, es lo que él desautorizó, aunque todo ello se hiciera con el consentimiento de las autoridades”. J. ALDAZABAL.ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6. Barcelona 1997)

Jesús hace un signo profético, echa a los mercaderes del templo, que no buscan el rostro del verdadero Dios, sino sus propios intereses. Es la clase religiosa dirigente, quienes manejaban el Templo como un negocio y deciden su muerte. En su pasión y resurrección nos muestra que Él, es el verdadero templo y la piedra fundamental de este nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

Templo, altar, ritos y ofrendas tienen un valor cultual, pero no bastan por sí solos. Para un culto vivo a Dios cuenta más el factor humano, es decir la fe del creyente y de la comunidad que, unidos a Cristo, adoran y alaban al Padre en espíritu y en verdad, como dijo Jesús a la samaritana: “llega la hora y ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque esos son los adoradores que busca el Padre” (Jn 4,23).

Profundicemos el evangelio, aplicado a la realidad de nuestra vida personal y comunitaria. Somos templos vivos de Dios, estamos llamados a ser hermanos, a no profanar este templo que es cada persona. Dejemos entrar a Jesús en nuestra vida, que nos purifique de todo ídolo de avaricia, trata de personas, violencia, indolencia, para vivir nuestro compromiso bautismal: renacidos en Cristo para ser criaturas nuevas.

¿Cómo actuamos como creyentes en nuestro hogar, en la sociedad, reconocemos que cada persona es templo vivo de Dios, que merece respeto?

Fr. Héctor Herrera, o.p.

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