Sábado 12 de Septiembre de 2020.Semana 23 T.O.
Guido de Anderlecht (1012)
1Cor 10, 14-22 Formamos un solo cuerpo Sal 115, 12-13.17-18
Lc 6, 43-49: ¿Por qué me llaman “Señor, Señor”?
En nuestra vida creyente o no, necesitamos ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Jesús nos recuerda: “No hay árbol sano que dé fruto podrido” (Lc 6,43). Si en el hogar se le enseña al niño, a, a amar, a conocer a Jesús, amarlo y en él amar a los demás, cuando crezca será una buena persona, amará a Dios y a su prójimo.
En cambio, sí en un hogar, hay violencia, falta de fe, ese niño, a, crecerá en un ambiente no sano. El mayor tesoro que Dios da a los padres, son los hijos. Y debemos cultivarlos en el amor, la fe y la esperanza de lograr un mundo más humano. Porque es del corazón donde brota lo bueno o lo malo. Es del corazón bueno y generoso que nace la solidaridad y el compromiso con los demás, porque Él nos dice: “Ámense unos a otros como yo los amo”. En cambio, del corazón malo nace la violencia, el egoísmo, la indiferencia e indolencia al dolor y sufrimiento del prójimo.
No basta decir: ¡Señor. Señor”. Tenemos que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Si lo hacemos, nos recuerda Jesús, seremos como las personas que construyen sobre roca. En cambio, quien no escucha sus palabras de vida, se parecen a los que construyen sobre arena, sin previsión y a las primeras dificultades de la vida, se dejan vencer, porque falta consistencia y coherencia.
¿Seremos los discípulos que construyen sobre esa roca firme que es Cristo o seguiremos indiferentes sin conocer ni practicar su Palabra de vida?
(+) Fr. Héctor Herrera OP.

