Martes 08 de diciembre de 2020. II semana de Adviento

Inmaculada Concepción

Gn 3, 9-15.20 Establezco hostilidad entre ustedes.

Ef 1, 3-6, 11-12 Nos eligió en la persona de Cristo

Salmo 97, 1-4

Lc 1, 26-38: Alégrate, el Señor está contigo.

del poder religioso, sino una sencilla aldea de Nazaret ten Galilea. Allí vive una humilde doncella María, prometida de José, de la casa de David. Gabriel la saludo con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María se turba y se pregunta qué clase de salud era aquel (v.29). Y el mensajero le dice: “No temas, María, que gozas del favor de Dios.

Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob, por siempre y su reino no tenga fin” (vv.30-33).

El diálogo es interesante: la propuesta de Dios es que ella sea su Madre. Es la alianza entre Dios y la humanidad. Exige una respuesta coherente y libre. La joven se pregunta ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre? Y el mensajero le responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios” (v.34-35). En este relato hay dos protagonistas: María, que representa al pequeño resto de Israel, fiel a Dios, que nos representa hoy a nosotros como Iglesia, si somos fieles a Dios. Ella es la oyente de la Palabra, que pese a ser marginada como mujer, ser rechazada y abandonada por la oficialidad, está allí frente a una gran manifestación de Dios. “Ella es la que va a integrar a nuestros pueblos en torno a Jesucristo” (DA. 265). Ella es la mujer de fe, que responde pronta y libremente a la voluntad de Dios “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra” (v. 38). Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). En ella se realiza el cumplimiento de la promesa, la esperanza de los pobres y el deseo de la salvación (DA. 267). María con su sí, se convierte en madre de todos los creyentes. Porque “como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre ellos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María, nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos” (DA.267).

Que María la madre de la misericordia nos conduzca a amar más a Jesús para dejarnos iluminar, transformar y actuar por Él, viviendo mejor nuestra fe comprometida en un cambio de la Iglesia hacia el mundo y del mundo hacia la Iglesia.

(+) Fr. Héctor Herrera op.

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