Martes 29 de diciembre de 2020
Tomas Becket, David
Lc 2,22-35: Mis ojos han visto a tu salvación.
José y María, según la costumbre judía, cumplen con los tres ritos establecidos por la Ley: 1: circuncisión del niño a los ocho días de nacido (Lv 12,3), es el momento en que se le impone el nombre a la criatura; la presentación en el templo por ser varón primogénito (Ex 13,2.12.15) y la purificación de la madre, cuarenta días después del parto.
Con la circuncisión el niño quedaba incorporado al pueblo de la alianza y era ofrecido como una ofrenda a Dios. Como sus padres eran pobres ofrecen un par de tórtolas o pichones (Lc 2,24).
Es interesante que allí se encontrara el anciano Simeón, quien toma al niño con alegría y alaba a Dios, porque le ha permitido que sus ojos vean al Salvador que lo presenta como luz.
Aún va más allá, dirigiéndose a su madre, le dice: “Mira este niño está colocado de modo que
todos en Israel o caigan o se levanten; será singo de contradicción. Y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos. En cuánto a ti, una espada te atravesará el corazón” (Lc. 2,34-35)
Jesús es la luz de las naciones. Él nos ilumina para caminar como hijos de la luz y disipar las tinieblas del pecado, manifestado en el egoísmo, las injusticias sociales, la falta de responsabilidad en el cuidado de la creación y cuando algunos solo miran sus intereses mezquinos de continuar extrayendo la riqueza del subsuelo, sin pensar en el futuro, sin proteger el agua y la agricultura.
Jesús nos enseña a insertarnos, a asumir la cultura para iluminarla y acogerla en el anuncio gozoso de la buena nueva. ¡Cuánto tenemos que aprender de nuestros antepasados a cuidar y proteger la tierra, los conocimientos y la valoración de nuestras culturas! Tenemos que aprender a saber asumir la cultura de los distintos pueblos para recrearlas y promover los valores del Evangelio: vivir el amor a Dios y al prójimo en un continuo servicio a las familias más necesitadas. Acoger a los niños, as, con amor y respeto. Valorar el sentido profundo de la familia en búsqueda de un ambiente más armonioso y donde Dios sonría en el corazón de cada hogar.
Purifiquemos nuestras mentes y nuestros corazones para acoger a Cristo en nuestras vidas y sembrar la generosidad, la solidaridad, el sentido común para despertar a la verdadera libertad de los hijos de Dios.

