Homilía IV Domingo de Pascua
Lectura 1: Hch 4,8-12
Salmo: Sal 117
Lectura 2: 1Jn 3, 1-2
Evangelio: Jn 10,11-18
El dinero se parece tanto a Dios… manifestó hace años un hombre procesado por actos de corrupción en India. Cuando la policía india lo atrapó soltó esa frase curiosa y muy reflexiva: que había participado de la corrupción porque el dinero (que no era suyo) era semejante a un dios.
Para Simón Pedro, según Hechos de los Apóstoles (Primera lectura) la sanación procede gratuita y generosamente en el en nombre del Nazareno Jesús. Sanar personas pertenece al misterio salvífico de Dios, y no se compra con dinero ni debe lucrarse. Pedro ha sanado a una persona, ocasión que además aprovecha para polemizar con los jefes y ancianos religiosos del judaísmo, para increparles por la crueldad contra Jesús.
A la vez el apóstol Pedro manifiesta que Jesús ha sido resucitado por Dios: la vida de Jesús es un sí generoso a Dios, y Dios en la resurrección ha corroborado -por así decir- eso mismo. Esta Lectura nos indica que Jesús es como la piedra desechada por los constructores, y que precisamente es la piedra más importante en la construcción de los edificios: que lo descartado tiene importancia suprema. Y que Jesús es el nombre bendito de la salvación.
La bella carta de Juan (Lectura segunda) resalta que somos hermanos/as en Jesucristo, que somos hijos/as de Dios, y que eso ocurre por amor de Dios hacia nosotros, porque sencillamente Dios es Amor: lo más cristalino y generoso, lo más desbordante y gratuito, lo más sacrificado y abarcador, lo más luminoso y deslumbrante; pues es así (y más!) el amor de Dios.
También esta segunda Lectura señala que todavía no se ha manifestado lo que nosotros seremos. Podemos también reflexionar que nosotros mismos estamos a la expectativa del buen actuar de nosotros mismos en medio de nuestras circunstancias de vida. Soñamos como pueblo creyente que nosotros seguimos esperando nuestro bien actuar, y eso depende de nosotros, de asumir de manera creativa nuestra fe, esperanza y caridad hacia los demás, no como imposición sino como propuesta, no por afán proselitista – como indica el Papa Francisco- sino como misión que nos impulsa desde el cariño de Dios.
El dinero se parece tanto a Dios, señaló desesperado el hombre corrupto en India… Tan alejado es esto del Evangelio de hoy. El Pastor da la vida, no exprime la vida de la gente. La figura del Pastor está contrapuesta a la del asalariado, obsesionado con el dios dinero. Éste se preocupa del rebaño, aquél lo abandona cuando el lobo llega. Mientras el Pastor se preocupa por el rebaño -de manera primordial por las ovejas heridas y las alejadas-, el asalariado no (o tal le interesa la lana de las ovejas). El Pastor no es un asalariado ni un lobo que roba y dispersa a la manada.
Existe comunicación recíproca entre Jesús y el Padre. El Pastor conoce a sus ovejas, pero igualmente éstas lo conocen. Jesús señala también que tiene otras ovejas, que han de oír la voz del Pastor. Y finalmente habrá un solo rebaño, un solo Pastor, un solo amor expresado en la libertad del ser humano. Y la suprema libertad de Jesús se expresa en lo que señala el Evangelio de hoy: nadie le ha arrebatado la vida, sino que él la entrega en libertad, firme e íntima.
Y que Jesús tiene poder para entregar su propia vida y también para recuperarla. Así también los creyentes hemos de entregar nuestra amistad y ahí recuperar nuestra humanidad. Donar nuestra libertad y liberar de opresiones, siguiendo a nuestro Pastor bueno que cuida al rebaño, especialmente al herido. Y saber diferenciar, es decir, no confundir, al buen Pastor con el asalariado que deja que las ovejas sean devoradas por los lobos, ni con el dinero que compra/vende asalariados y ovejas también. Que el buen Pastor nos guíe para también saber guiar.
Fr. Marco Nureña, OP
Radio San Martín – Arequipa

