El Papa a los pies de la Virgen
La imagen es la misma, siempre evocadora, vista y vivida por el pueblo de Roma unas 115 veces: el Papa recogido, en su silla de ruedas, en oración ante la Salus Populi Romani, icono protector de los ciudadanos de la Capital en el que la gracia toma forma concreta, libre de «todo revestimiento mitológico, mágico, espiritualista, siempre al acecho en el campo de la religión». Hoy, sin embargo, el contexto que enmarca este marco es diferente: tanto por la ocasión, la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves en la que el Papa participa asistiendo a las Segundas Vísperas en la solemnidad de la dedicación de la Basílica; como por la actualidad, es decir, las guerras que desfiguran a la humanidad, con la creciente tensión en el polvorín de Oriente Medio y en otros lugares del mundo que hacen aún más solemne la invocación de paz que el Papa confía a la Virgen.
Invocamos su intercesión por la ciudad de Roma y por el mundo entero, especialmente para pedir por la paz; la paz que sólo es verdadera y duradera si parte de corazones arrepentidos y perdonados.
«Depende de nosotros, de cómo la percibimos y del sentido que le damos». A este respecto, el Papa cita dos versículos del libro del Eclesiástico que, a propósito de la nieve que Dios hace caer del cielo, dicen: «el resplandor de su blancura deslumbra los ojos y el espíritu se embelesa al verla caer». Admiración y asombro, pues, señala Francisco.
Al ver caer la nieve, «su blancura deslumbra los ojos» y «el espíritu se embelesa». Y esto guía la interpretación del signo de la nevada que «puede entenderse como símbolo de la gracia, es decir, de una realidad que une belleza y gratuidad».

