La cultura no vende porque no la dejan hablar

Vivimos en la era de la sobreinformación, donde lo inmediato importa más que lo importante. Encendemos la televisión, abrimos YouTube o deslizamos el dedo por TikTok, y lo que encontramos no es necesariamente cultura, sino una caricatura de ella. Concursos que premian el escándalo, realities que reducen la vida a conflictos personales, y noticieros que dan más espacio a la farándula que al arte. ¿Cuándo fue que dejamos de pensar la cultura como un derecho y comenzamos a consumirla como entretenimiento desechable?

Los medios masivos, lejos de ser neutrales, juegan un rol fundamental en lo que una sociedad valora. Y cuando estos priorizan lo superficial sobre lo reflexivo, la consecuencia es una ciudadanía menos crítica, menos informada y menos interesada en el arte, la historia o la literatura. ¿Cuántas veces hemos visto a un escritor local ser entrevistado en horario estelar? ¿Cuántos minutos le dedican los noticieros a una exposición artística frente al tiempo invertido en un escándalo viral?

La banalización cultural no sólo invisibiliza expresiones artísticas valiosas, sino que también impone un modelo de éxito centrado en la fama rápida, el espectáculo vacío y la validación digital. Para los jóvenes, esto puede traducirse en una pérdida de referentes, en la idea de que la cultura es aburrida o elitista, y que lo único que importa es ser visto, no tener algo que contar.

Pero no se trata de condenar a los medios por completo. Existen espacios que resisten, que apuestan por contenidos con valor, por entrevistas a creadores, por difusión de proyectos culturales alternativos. El problema es que estos espacios son escasos, autofinanciados y, muchas veces, relegados a horarios marginales.

La solución pasa por asumir que la cultura no es un lujo, es una herramienta de construcción social, de identidad y de transformación. Los medios, como formadores de opinión, tienen la responsabilidad de visibilizarla con respeto, profundidad y continuidad.

Porque si dejamos que la cultura sea tratada como relleno, como fondo musical de la rutina, estaremos renunciando al derecho de pensar, imaginar y cambiar el mundo.

Redacción Julio Mamani

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