Comercio ambulatorio crece 30% en Arequipa y ninguna gestión logra controlarlo
Una tarde cualquiera en la calle Mercaderes y ya no se puede caminar en línea recta. Toldos improvisados, carretas, voces que gritan precios por encima del ruido del tráfico, convierte el Centro Histórico de Arequipa, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2000 en un mercado a cielo abierto donde nadie paga alquiler. El gerente de Servicios al Ciudadano de la Municipalidad Provincial, Carlo Véliz, lo reconoció en mayo de de este año que el comercio ambulatorio se habría incrementado entre un 20% y un 30% en el centro histórico, impulsado por vendedores que antes se ubicaban en zonas periféricas y que hoy se desplazan hacia calles céntricas como Mercaderes y los alrededores de la Plaza de Armas. La cifra que resume el desequilibrio es contundente; la comuna calcula alrededor de 1,800 comerciantes regulados frente a entre 3,500 y 3,600 informales, casi el doble.
El malestar del sector formal ya no se disimula. El presidente de la Cámara de Centros Comerciales del Cercado, Edgar Peñaloza, denunció a mediados de mayo que la informalidad se ha triplicado en los últimos años y lo calificó como un «avance exponencial» que ya no se limita a vendedores a pie, sino que incluye carretas, autos y hasta camiones estacionados frente a las galerías comerciales, bloqueando el ingreso de clientes en calles como San Juan de Dios, Deán Valdivia, San Camilo, Piérola y Mercaderes. El golpe se sintió con fuerza durante la campaña del Día de la Madre de este año, según el propio Peñaloza, los ambulantes pasaron de llevarse el 4% al 15% de las ganancias que antes correspondían al comercio formal. Días después, otro dirigente del sector, Hever Peñaloza Ramos, presidente de la misma Cámara, calculó pérdidas de entre 13% y 15% para los negocios formalizados.
Detrás de las carretas y los toldos hay una explicación que los especialistas repiten desde hace años sin que el diagnóstico cambie. Según la Gerencia Regional de Trabajo y Promoción del Empleo, cerca del 90% de la población arequipeña cuenta con alguna actividad económica, pero el 62% de esos trabajadores se desempeña en condiciones informales, una brecha que persiste pese a los ingresos promedio relativamente altos de la región. Datos del INEI recogidos en mayo de 2026 confirman que Arequipa «empezó el año en rojo», la informalidad se ubicó en 62.9% en los últimos doce meses, con ingresos promedio de S/ 1,978.2. La economista senior del Instituto Peruano de Economía (IPE), Paola Herrera, ha explicado que parte de este fenómeno responde al reingreso de jóvenes al mercado laboral en condiciones cada vez menos favorables, atrapados entre la falta de experiencia que exigen las empresas formales y la necesidad inmediata de generar ingresos. La calle, con su carreta y su toldo, termina siendo la salida más rápida para quien no encuentra espacio en la economía formal.
Mientras la discusión técnica avanza en informes y mesas de trabajo, en la vereda el problema sigue creciendo. El regidor Exequiel Medina ya advertía en 2024 que el comercio ambulatorio se había incrementado 40% desde 2023, y las cifras de 2026 muestran que la tendencia no se detuvo, sino que se aceleró. La actual gestión de la alcaldesa Ruccy Oscco Polar, que llegó prometiendo «puertas abiertas», enfrenta ahora el reclamo simultáneo de comerciantes formales que exigen fiscalización y de dirigentes de zonas como la plataforma Andrés Avelino Cáceres, donde el presidente del Frente de Defensa, Yasmani Cayo, asegura que la presencia de ambulantes sigue en aumento pese a los operativos diarios anunciados por las autoridades distritales. Entre ferias temporales que buscan ordenar sin desalojar y operativos que se disuelven a la semana siguiente, Arequipa repite un ciclo conocido: cada intento de control dura lo mismo que le toma a un vendedor cargar su carreta y mudarse a la calle de al lado.
Redacción Patty Mamani

