Lunes 21 de setiembre del 2026. Vigésimo quinta Semana del Tiempo Ordinario
San Mateo
Primera lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-7. 11-13
Salmo 18, 2-3. 4-5 R/. A toda la tierra alcanza su pregón
Mateo 9, 9-13: “Ven y sígueme”
Aunque Mateo significa “regalo de Dios”, para muchos de sus paisanos eso de “regalo” les sonaba mal. Su oficio, entonces, como ahora, no era nada agradable para sus contemporáneos. Era servidor de Roma cobrando impuestos para una nación opresora.
Mateo desempañaba su oficio en una ciudad donde Jesús iba con frecuencia, Cafarnaún. Él, como tantos otros, habría oído hablar del Maestro de Nazaret. Por eso, tampoco sería raro que lo hubiera escuchado más de una vez en aquella ciudad. Lo más sorprendente sería para él sentirse llamado por aquel Maestro tan renombrado e invitándolo hacerse uno de los suyos. Curiosamente las palabras del Maestro fueron definitivas para él. Nos lo cuenta él mismo y nos dice que su reacción fue levantarse y seguirlo.
No es extraño que Mateo quisiese dar un banquete. Imaginamos que de despedida de una etapa de su vida e inicio de otra parte de ella. Vaya cambio. De una posición donde abundaría la comodidad y el bienestar, no duda en unirse a un grupo de seguidores de Jesús donde todo ese mundo pasado quedaba perdido en el recuerdo. Pocas más cosas nos cuenta Mateo de su seguimiento. El objetivo de su evangelio es destacar la presencia en la tierra del Hijo de Dios. Eso justifica todo; su biografía y demás detalles carecen de importancia para él.
El banquete fue abierto. Había gente importante, fariseos y publicanos, y otros que pasaban por pecadores, chusma, en definitiva. La sorpresa de los “importantes” debió de ser grande al verse en medio de gente de lo más dispar. Por eso, seguramente molestos, preguntaron a los discípulos por qué el Maestro se juntaba con aquella canalla.
Como siempre, Jesús tiene palabras muy claras de por dónde va su mensaje. Su respuesta debió dejarlos más que sorprendidos. Para ello cita a Oseas con esa frase tan clarificadora: “Misericordia quiero y no sacrificios”. La palabra del profeta es muy elocuente. Tener misericordia es parecerse a Dios que siempre es misericordioso. Por eso vale más el amor que los rituales con los que se venera a Dios en el templo cuando no van seguidos de hechos concordantes.
Jesús completó su respuesta con palabras tajantes y, al mismo tiempo, alentadoras para todos. Su persona no entiende de clasificaciones humanas, pero si hay que hacerlas les recuerda un principio elemental, que el médico está para curar a los enfermos, esos que son despreciados por los fariseos. Los sanos no necesitan de él. Su presencia en la tierra es buscar a los pecadores y sanarlos. Aunque aquellos fariseos se sintieran muy justos, entonces como ahora, todos estamos englobados en esa condición de necesitados. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” dijo en otra ocasión. Y esa respuesta, entonces y ahora, seguro que todos lo entendieron muy bien. Imagino que eso mismo sentirán aquellos críticos fariseos que iban de buenos oficialmente. Ante esa situación les recuerda que Él no ha venido a dividir, a separar. Ha venido a acoger a todos, especialmente a aquellos que más lo necesitan.
Al recordar este evangelio ¿dónde me coloco yo? ¿Soy de los que desprecian sintiéndose mejor que otros o me percibo necesitado de perdón y acogida? ¿Miro a los demás por encima del hombro porque no comparten mi fe o doy gracias a Dios por el don de la fe que Él me ha concedido?
F/Dominicos.org

