Homilía Asunción de la Virgen María
Año litúrgico 2020 – 2021 (Ciclo B)
Lectura 1: Ap 11,19a; 12,1.3-6a.10ab
Salmo: Sal 44,10.11-12.16
Lectura 2: 1Cor 15, 20-27a
Evangelio: Lc 1,39-56
¿Nos damos cuenta del valor de nuestra existencia humana en nuestro propio cuerpo? ¿Realzamos la calidad de nuestra presencia física en nuestra relación amical con Dios?
Hoy celebramos en nuestra Iglesia la Solemnidad de la Asunción de María. María, toda de Dios, atraída por Dios hacia Dios, en su unidad personal, en su integrada vida de mente, corazón y cuerpo.
La primera Lectura está tomada del Apocalipsis, un bello libro de los orígenes cristianos que animaba a la esperanza a los primeros seguidores de Jesús. No es un libro de terror ni pronostica catástrofes. Es un librito escrito en claves culturales que no son las nuestras, pero que -repito- buscaba mantener la esperanza de los cristianos en ambientes de hostilidad en el entonces Imperio Romano.
La lectura de hoy, llena de símbolos, no tratan sobre Jesús ni María, aunque son textos bíblicos escogidos para esta Solemnidad. Este texto, algo enigmático para nosotros, es todo un símbolo del inicio de una nueva época de los denominados “finales de los tiempos” y que muestra unas relaciones renovadas entre Dios y la humanidad.
Por eso al final del texto de hoy, el autor oye una voz procedente del ámbito divino (celestial): “Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. Ahora, siempre actual y presente.
Es el gobierno salvífico de amor tiernamente potente de Dios manifestado a través de Jesucristo. Son las bodas entre Dios y la humanidad, en las cuales la bendita María participa de manera peculiar pues al final de su vida terrenal fue atraída por Dios.
La Lectura segunda nos revela que Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Jesús es el Camino, y su propio camino, o sea el de la resurrección, es también nuestro recorrido futuro aunque anticipado aquí en nuestra vida de fe. Jesús es el Camino y el que incoa ese camino en los cristianos, pues por él nos viene la resurrección.
Podemos hacer una relación paralela de Adán y Jesús, y así exclamar que Jesucristo es el nuevo Adán. Por Cristo todos volveremos a la vida. Él ha de reinar, no perdiendo nuestra libertad sino azuzándola: libres para amar, y así fomentar la creación de una cultura de paz. Y recordemos que el último enemigo deshecho será la muerte.
El Evangelio muestra el apresuramiento de María que se dirige a las montañas de Judá, donde habitan Zacarías e Isabel. Isabel, llena del Espíritu de Dios, escucha el saludo de María, y exclama que María es una mujer bendita que lleva en su vientre al bendito Jesús. María es la madre del Señor. La exultación de Isabel llega hasta su propio interior que cobija a Juan Bautista.
María, al final del Evangelio de hoy, proclama un hermoso cántico, en el que divisamos su fe. Es la fe de María concebida en cántico. Les invito a unirse a ese cántico y a acoger su mensaje.
María es una bendita que ha creído, así es honrada por parte de Isabel. La palabra de Dios acogida en María, incluso en su propio seno, es la garantía que Dios le acompañará en los sucesos de la vida.
María se ha fiado de Dios, lo que el Señor le ha dicho se plasmará: será envuelta en la promesa de que el enemigo a vencer es la muerte. En María vemos también nuestro anticipo: el destino final al que estamos siendo atraídos desde aquí, participando del amor de Dios.
Fr. Marco Antonio Nureña Anacleto, OP
Radio San Martín Arequipa

