Una muerte que no estaba en la ruta

Gina Muso no volvió a casa el jueves. Murió cumpliendo su jornada como cobradora de una cúster de transporte público en Arequipa. Tenía 40 años. A las ocho de la mañana, cuando la ciudad comenzaba su habitual bullicio, una fatal colisión en la avenida Perú, en el distrito de José Luis Bustamante y Rivero, convirtió un trayecto rutinario en un escenario de tragedia.

La unidad de placa V1Y-771, perteneciente al consorcio Emarsitran, que cubre la ruta hacia Socabaya, terminó completamente destrozada. Gina quedó atrapada entre los fierros, sin posibilidad de auxilio. Un aproximado de veinte pasajeros resultaron heridos. Algunos de gravedad. Todos, sin excepción, marcados por el trauma.

La Policía Nacional maneja una hipótesis tan triste como común, una carrera entre cústers por ganar pasajeros. Testigos afirman que el vehículo iba a excesiva velocidad y que su conductor se enfrascó en una peligrosa disputa con otra unidad. Esa competencia, alimentada por la falta de fiscalización y el incentivo perverso del cobro por pasajero, acabó en muerte.

En Arequipa, esta escena no es una novedad. La informalidad y el caos que gobiernan gran parte del sistema de transporte urbano siguen cobrando víctimas. Cústers sobrecargadas, choferes cansados, unidades obsoletas, rutas saturadas y una ausencia casi total de supervisión efectiva. Los ciudadanos lo saben. Lo sufren cada día. Pero parece que a las autoridades no les alarma hasta que hay muertos.

¿Quién responde por la muerte de Gina Muso? ¿El conductor, que pudo haber cometido una imprudencia? ¿La empresa Emarsitran, que permite o alienta estas prácticas para maximizar ingresos? ¿Las autoridades municipales y regionales, que año tras año anuncian reorganizaciones que nunca llegan? La responsabilidad es compartida.

Mientras tanto, la vida de una trabajadora,que probablemente se levantó de madrugada para iniciar su turno, se perdió sin más. Y los heridos deberán afrontar una recuperación física y emocional que no estaba en sus planes aquella mañana.

La muerte de Gina no es un hecho aislado. Es la evidencia más reciente de un sistema que funciona sobre la base del desorden y la ley del más rápido. Es la consecuencia de una ciudad que se ha acostumbrado a convivir con el riesgo cada vez que aborda una unidad de transporte público.

Las cifras de accidentes en Arequipa no son meros números, son familias enlutadas, oportunidades arrebatadas. Urge una reforma real, con reglas claras, fiscalización rigurosa, sanciones ejemplares y, sobre todo, una visión humana del transporte.

Porque mientras la velocidad siga valiendo más que la vida, el próximo jueves otra Gina podría no volver a casa.

Redacción Marisol Ciñane

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