Martes 12 de mayo del 2026. Sexta Semana de Pascua.

Beata Juana de Portugal

Primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 16, 22-34

Salmo 137, 1bcd-2a. 2bc-3. 7c-8 R/. Tu derecha me salva, Señor

Juan 16, 5-11: Me voy al que me envió

En este martes de la Sexta Semana de Pascua se nos regalan unas preciosas lecturas para meditar y orar sobre nuestro testimonio creyente.

Pablo y Silas son apresados en Filipos. Tras ser cruelmente azotados, oraban malheridos entonando himnos al Señor. Imaginamos el fervor de su canto expandiéndose por todas las mazmorras de la cárcel hasta tocar las mismas entrañas de la tierra. El temblor conmocionó a todos. Hizo saltar los cerrojos de las puertas, los cepos de los apresados, removió cimientos y conciencias. También la del carcelero que vio y creyó.

Recordamos la escena de la muerte de Jesús en la cruz, su grito potente que rasgó el velo del templo e hizo temblar la tierra, signo que permitió a muchos presentes ver más allá de la condena escrita en el madero y confirmar su filiación divina (cf. Mt. 27,52).

Cuando el mundo intenta silenciar al testigo, como lo intentó con el Hijo, la tierra se estremece. Algo se remueve en nuestras conciencias creyentes al recordar las palabras de Jesús: si vosotros calláis, hablarán las piedras (cf. Lc. 19,40)

“El príncipe de este mundo está condenado”

En numerosas ocasiones hemos escuchado decir a Jesús que era necesario el cumplimiento de lo escrito proféticamente sobre él. En el Evangelio de hoy, Jesús anuncia a los discípulos su partida, también necesaria, para dar paso a un bien mayor. El anuncio de la nueva presencia del Espíritu Santo no pareció aliviar a sus atribulados amigos, aunque les aseguró que serían íntimamente consolados por Él.

En las lecturas del tiempo pascual hemos contemplado, sorprendidos, la torpeza de los apóstoles al no reconocer a Jesús en sus encuentros con el Resucitado. No reconoció María Magdalena a Jesús en el hortelano que la consoló ni lo reconocieron los discípulos de Emaús en el caminante que les explicaba las escrituras antes de partir para ellos el pan.

Jesús fue crucificado, aunque el Espíritu probaría el delito cometido contra el Santo de Dios y la Justicia de Dios pondría de manifiesto el poder del bien al quebrantar aquel maligno propósito de aniquilación y de silenciamiento, con su resurrección.

Que el Espíritu Santo nos fortalezca como nuevos testigos de la vida resucitada de Jesús.

F/Dominicos.org

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