Martes 29 de septiembre del 2026. Vigésimo sexta semana del Tiempo Ordinario – Año Par

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Primera lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14

Salmo 137,1-2a.2b-3.4-5.7c-8 R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

Juan 1,47-51: “Sí. Él nos conoce, ¿le conocemos nosotros?”

“¿De qué me conoces?”

Es la pregunta de un Natanael sorprendido porque Jesús lo conozca. Siempre nos sorprende Dios abriéndonos los ojos y llamándonos por nuestro nombre. Él nos conoce sin duda alguna; conoce cuando dormimos y cuando despertamos, sabe cuándo vamos y cuando venimos; nuestros pensamientos más ocultos, son para Él más luminosos que el propio día.

Natanael, posiblemente conocido con Bartolomé después, está debajo de la higuera, posiblemente era su lugar de oración, de retiro discreto donde entregarse a un diálogo vivo e intenso con Dios. Es posiblemente un seguimiento, antes de conocerlo, de aquel consejo que Jesús nos ha dado: “Cuando ores, retírate a lo discreto, a la sombra, y allí establece el diálogo con el Padre, que ve todo lo oculto y escucha el silencio”.

No pocas veces creemos orar, cuando lo que hacemos es rezar oraciones “de otro”, que no salen de nuestro corazón. Orar se deriva del griego “oraoo” que no significa recitar palabras, sino ver, mirar, contemplar, comprender y, también dialogar con la mente y el corazón abiertos a la escucha del mensaje que Dios, sin duda, nos va a dar. De nosotros depende oír, escuchar, lo que Dios nos quiere decir. Eso es orar, no enterrar a Dios con palabras, puede que muy bellas, pero que si no salen del alma no significan nada.

Seamos como Natanael: personas orantes a la sombra de la higuera, prestos a escuchar el mensaje que nos vendrá de Dios, tal vez en forma de silencio, pero siempre límpido y provechoso, de forma que podamos desnudar nuestro corazón y decir también nosotros: “Rabí, tu eres el hijo de Dios”, y escuchar que Jesús nos dice, -enlazando con el apocalipsis de Daniel-, que veremos el cielo abierto y miríadas de ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo de Hombre. Y siempre podremos decir, como el Salmo 137:

Canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.

F/Dominicos.org

 

 

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