Sábado 02 de noviembre de 2019. C. 30 semana T.0.

Fieles Difuntos

Job 19,1.23-27a: Sé que mi Redentor vive. Salmo 24: A ti, Señor, levanto mi alma. Fil 3,20-21: Transformará nuestro cuerpo. Mc 15,33-39–16,1-6: Jesús, expiró.

Aquellos que nos han dejado no están ausentes, sino invisibles. Tienen sus ojos llenos de gloria, fijos en los nuestros, llenos de lágrimas. San Agustín.

Hoy recordamos a todos los fieles difuntos, aquellos que entregaron su vida, amando, enseñando, siendo ejemplo de amor y fidelidad a Cristo, el primer resucitado de entre los muertos.

Jesús en la cruz, en su último grito “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, nos dio el ejemplo que el amor es más fuerte que la muerte. Su grito fue el de los maltratados de este mundo. Los que mueren víctimas de la guerra, el hambre, la tortura en cualquier lugar del mundo. Los que son víctimas inocentes de los que se imponen por la fuerza de las armas para destruir vidas y arrasar con los bosques y la fauna de los pueblos indígenas. Su grito es de dolor frente a los injustos de este mundo. Al mismo tiempo es un grito de esperanza y de amor: que la vida triunfa sobre la muerte y el egoísmo.

Jesús con los pobres de hoy nos pide el respeto y la honra por la vida de quienes la entregaron por vivir el amor y la felicidad allá en las comunidades olvidadas.

Nuestra fe en Cristo, luz y vida nos lleva a recordar a todos los difuntos, que con su testimonio de vida siguen presentes entre nosotros. Recuerdo aquella comunidad campesina en Carhuamarca. Ancash. Estábamos reunidos en el pequeño cementerio celebrando la eucaristía y recordando a Antonio, el catequista que había caído al abismo. Su anciano padre tomó la palabra y dijo: ¿Por qué lloran? Antonio no ha muerto. Fue un varón bueno, esposo fiel y sincero. Se preocupó por sus hijos que quedan pequeños. Pero yo les digo que, si queremos honrar su memoria como catequista y como hijo de esta comunidad, decirle a su esposa: No estás sola. Alégrate hija, todos estamos aquí para ayudarte y educar a tus hijos, hasta donde nos den nuestras fuerzas. Porque la fuerza de su amor nos une. Sabemos que él está con Dios, porque la vida continúa. Y nuestras lágrimas se transformarán en alegría, cuando cumplamos nuestra misión de ver crecer a sus hijos con fe y esperanza. Sobre esta tumba hagamos nuestro compromiso de estar unidos como comunidad porque Dios está en medio de nosotros. Y su espíritu es nuestra fortaleza.

Aquel día aprendí una hermosa lección de fe y de vida. Este anciano nos había enseñado que Cristo vive en la unidad de toda una comunidad y que los valores se aprenden y se fortalecen en la comunidad.

¿Creemos en Cristo, vida y resurrección que da sentido a nuestra vida?

Fr. Héctor Herrera, O.P.

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