Sábado 21 de Marzo de 2020. A. 3a Semana de Cuaresma
Nicolás de Flüe (1497)
Os 6,1-6: Quiero misericordia. Salmo 50: Quiero misericordia y no sacrificios. Lc 18,9-14: El publicano bajó a su casa justificado.
Os 6,1-6: El profeta recoge una celebración penitencial del pueblo: “Misericordia quiero, y no sacrificios. Las imágenes de la lluvia, nube, rocío son la constante bíblica. La acción de Dios, hace fecunda la acción humana. El hombre solo, con sus solos recursos, se evapora, se desvanece y se empobrece. Este empobrecimiento se manifiesta en holocaustos y sacrificios, es decir, en una piedad tapadera de una idolatría (ver Os. 5, 11). En cambio, la búsqueda de Dios y su amor para con el hombre (conocimiento de Dios, v.6b) se traslucen en amor hacia el otro, es decir, en vida
Lc 18,9-14: Parábola, el fariseo y el recaudador de impuestos, dirigida a los fariseos, hombres piadosos y soberbios, se tenían por justos y despreciaban a los demás. Hoy esta parábola también podría aplicársenos a nosotros. Tenemos, una imagen de superioridad, alardear, somos buenos y despreciamos a los demás.
El fariseo de pie, oraba, pero su corazón estaba lejos de Dios, más bien se ensalzaba a sí mismo, que no era como los demás, ni como ese pecador, recaudador de impuestos, quien ni se atrevía a alzar los ojos, se reconocía pecador: “Oh Dios, ten piedad de este pecador” (v.14)
La oración del fariseo, no es escuchada, no se considera pecador. En nuestra vida cristiana, llevamos un fariseísmo escondido, buscamos el aplauso, la alabanza, acusamos y despreciamos a los demás, nos creemos los perfectos. Todos somos pecadores, necesitados de Dios, que toque nuestro corazón para cambiar de vida.
El publicano salió justificado, su oración era sincera. Se sentía pecador, necesitado de Dios. Quería cambiar su vida. Comenzar de nuevo, restituyendo lo que tal vez había robado. A veces podemos quedarnos en actos externos como el fariseo, sin profundizar en la misericordia y generosidad de Dios, que nos impulsa a sentirnos solidarios con los demás para anunciarles esa buena nueva de la gratuidad de Dios, que siembra en nuestros corazones la semilla de su amor para que ayudemos a otros a ser mejores personas.
Señor Jesús, toca nuestro corazón y nuestra mente, sana nuestras heridas, no son los que se creen sanos los que necesitan de ti, sino todos tenemos necesidad de ti, para vendar nuestras heridas y para reconocer que en cada persona, Tú, has puesto dones para ponerlos al servicio de los demás. Líbranos de la soberbia y del orgullo de creernos mejores que los demás, para reconocer nuestras deficiencias y cambiar en nuestra vida. Amén.
Fr. Héctor Herrera OP.

