Martes 21 de Julio de 2020. A. 16ª. Semana T.0.
Lorenzo de Brindisi (1619)
Miq 7,14-15.18-20: Arrojará al mar nuestros delitos. Salmo 84: Muéstrame, Señor, tu misericordia. Mt 12,46-50: «Éstos son mi madre y mis hermanos».
Mt 12,46-50 Jesús tiene cautivada a la multitud. Su Palabra despierta fe, alegría, esperanza. Jamás han visto ni oído a alguien tan cercano que toca su corazón con amor y ternura, sana a los enfermos, sin considerarlos impuros. Les devuelve la vida y los reintegra a la comunidad.
La familia de Jesús está preocupada por él, creían que estaba fuera de sí (Mc 3,21). Jesús ni se preocupa que alguien le diga “Mira tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablar contigo” (v.47).
Él ya no pertenece a una familia de sangre, o del clan familiar, muy fuerte en su tiempo. Cambia sus relaciones de pertenencia de un círculo familiar, a una familia más amplia. ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: ¡Ahí están mi madre y mis hermanos! (v.48-49)
Ser hermana, o de Jesús, pertenecer a su familia significa, ser sus discípulos. Es acoger la gracia, la vida, la misericordia de Dios, ser partícipes activos del reino de Dios, consiste en cambiar nuestras relaciones fraternas, una preocupación viva, por la solidaridad efectiva, en salud, atendiendo a los más necesitados, en mejorar la calidad de educación, en una economía inclusiva y sostenible, en una política con ética que mire el bienestar común de todos.
Hacer la voluntad del Padre es sembrar en el corazón de la familia esa ternura y dedicación a crecer con las hijas, os, en la fe, en la preocupación como ciudadanos de crear una cultura ética de paz, libertad, justicia, tolerancia. La familia latinoamericana necesita de una vida más digna y tiene una deuda con los más excluidos, que estén informados y comunicados.
Fr. Héctor Herrera OP.

