Homilía XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)

 Lectura 1: Sb 1,13-15; 2,23-24

Salmo: Sal 29

Lectura 2: 2Cor 8,7.9.13-15

Evangelio: Mc 5, 21-43

Liberador de la muerte. Dios se revela así: liberador de toda muerte. No hizo la muerte ni se complace destruyendo a los seres vivientes, así atestigua la Lectura primera, la del Libro de la Sabiduría. Dios crea para la subsistencia, que no es supervivencia o una vida de manera mediocre, sino que es una vida para permanecer, perdurar, perseverar…

La justicia participa de la capacidad de actuación que específicamente los creyentes han de tener en cuenta en su contribución a la sociedad, beneficiando al bien común. Los creyentes hemos de ser personas creíbles al ser motores de trasformación social a través de la justicia, con actos pero también con instituciones y sistemas de justicia. Recordemos la profunda intuición de la Biblia: la paz social se basa en relaciones de justicia que es inmortal.

La segunda Lectura urge a los cristianos al desbordamiento de la caridad, como amor excelso, como torrente de cariño en búsqueda del bien común. La caridad no es un acto preciso u ocasional, y menos aún es un gesto de lástima, o desligado de la justicia. Hemos de preocuparnos por la caridad que permanece, la caridad estable, sostenida, la que perdura. Recordemos que el Papa nos convoca a vivir “el amor social”.

El ejemplo más altísimo para nosotros es Jesús. Además es quien nos promueve con su amor, y nos moviliza en ese mismo amor hacia los demás. Esta segunda Lectura indica que no se trata de aliviar a otros, y que otros vivan de manera estrecha, pues “se trata de igualar”. Nosotros como pueblo creyente en el Dios liberador de toda muerte ¿caminamos hacia la igualdad?

El Evangelio de hoy señala que Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, muchos se reunieron alrededor suyo. Jairo, un jefe de la sinagoga, le ruega por su pequeña enferma, quiere que Jesús le ponga sus sanadoras manos. Pero la niña acaba de morir. Jesús le dice a Jairo que aleje el temor y tenga confianza.

Junto con Pedro, Santiago y Juan (el hermano de Santiago) van a la casa de Jairo. Ante tanto lamento, Jesús dice que la niña no está muerta sino dormida, pero se ríen de él. El Maestro -junto con los padres y sus acompañantes- va a ver a la niña, la toma de la mano y le dice: “Contigo hablo, niña, levántate”. La pequeña, de doce años, se levantó y caminó.

Todos en la casa quedaron llenos de estupor. Jesús insiste en que nadie se entere de lo sucedido, que no lo comenten. También pide Jesús que dieran de comer a la niña.

 Jesús libera de la muerte y en gesto de desbordamiento de cariño sana a la pequeña enferma. Sin embrago Jesús pasará también por la muerte (y horrenda) que la hemos de vivir todos. Pero Jesús resucita, y nos anticipa en algo fundamental de nuestra fe: la resurrección de los muertos.

Jesús sana, recupera a las personas, y nos involucra en la recuperación de las mismas. Jesucristo es nuestro Señor de la vida, superando la muerte aunque atravesó la oscuridad de la misma. Agradezcamos a Dios que nos implica en la misión de sanar a las personas, y de perseverar en la sanación de tantas estructuras y mentalidad injustas de la sociedad.

Y démonos cuenta que la sanación incluye algo tan básico como es la alimentación: recordemos que inmediatamente cuando la hija de Jairo es curada, Jesús pide que le den alimento.

Liberador de toda muerte, así Dios se revela. Dando vida, vida para permanecer, perdurar, perseverar… Vida en la que estamos involucrados para amar, crecer en caridad, afianzar la fe, mantener la esperanza, avivar la justicia como base de la construcción de la paz estable entre nosotros.

Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín Arequipa

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