Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)
Lectura 1: Jer 23,1-6
Salmo: Sal 22
Lectura 2: Ef 2, 13-18
Evangelio: Mc 6,30-34
¿Les ha ocurrido alguna vez que hemos socorrido a alguien y se nos ha “volado” el tiempo al atenderle, y no hemos podido alimentarnos a la hora debida?
Jesús compasivo de la multitud porque la gente estaba como ovejas sin pastor, así señala el Evangelio. Y promueve el descanso de los apóstoles en un lugar apacible, debido a que muchos acudían a tratar con el compasivo Maestro de Nazaret y con los apóstoles.
Tanta gente iba y venía que los apóstoles, y Jesús también, no sacaban un tiempito para alimentarse. He aquí un curioso rasgo compasivo de los inicios cristianos.
El gesto de Jesús y de los apóstoles denota, quizá, una cierta no percepción del tiempo cronológico o un olvido de las propias necesidades humanas, en favor de percibir otro tiempo, el tiempo del otro.
Es decir, los acompañantes de Jesús van vislumbrando u oteando otro tiempo: aquel de la atención a gente necesitada, sin guía como el rebaño de ovejas que pierde la perspectiva y la ruta hacia fuentes de agua y pastos para descansar y alimentarse, y proclive al ataque de animales.
Perder el tiempo nuestro -adecuado y necesario, por cierto- en favor de un tiempo de énfasis en el otro, necesitado y urgido de compasión, supone una transformación debida al “tiempo excesivo” de Dios hacia nosotros.
Tal vez manifestar “el amor de Dios” es sinónimo de la preocupación en tiempo y espacio de Dios, buen Pastor, en favor de los necesitados que buscan compasión y justicia.
La primera Lectura, tomada del gran profeta Jeremías, es una crítica aguda de los pastores, guías del pueblo creyente, que realmente no lo son. Dispersar, ahuyentar, provocar división, es maldad.
Yahvé pretende la implantación de pastores buenos -a través de la figura histórica de reyes/reinas-, es decir del establecimiento de la prudencia, el derecho, y la justicia, cuyo fruto es la paz social firme… tanto así que el nombre bendito de Dios será “Nuestra-justicia”.
Lamentablemente en el país estamos viendo una escalada de violencia a todo nivel: en calles, en medios de comunicación, en alegatos y argumentos jurídicos, en agresiones a diversas personas, con gestos antidemocráticos, etc.
En estos momentos decisivos para la salud política del Perú, la propagación del odio -incluso invocando el nombre bendito de Dios a favor de propios intereses- conlleva a que finalmente sea el Perú quien pierda, especialmente los sectores vulnerables.
La Lectura segunda señala, entre otras novedades de los inicios de la fe cristiana, que Jesús es reconciliador de pueblos, derribando con su propia persona, muros y alambres. Jesús es nuestro puente, como señala la gran Catalina de Siena, laica dominica medieval.
Jesús es el pacificador, el reconciliador, el unificador. Jesús es el que provoca la muerte del odio no a través de la violencia hacia el otro, menos aún la violencia contra los vulnerables. Jesús la asume con su propia vida a través de la no-violencia de la cruz.
Jesús es Palabra-Acción de Paz, paz personal pero especialmente paz social como es la búsqueda de Dios en el Antiguo Testamento y que aparece en el Nuevo también.
Ahondemos en la compasión de Jesús y seamos promotores de la compasión y la empatía, de la misericordia que le agrega vitalidad a nuestro sueño por la justicia cuyo horizonte es la paz.
Fr. Marco Antonio Nureña Anacleto, OP
Radio San Martín. Arequipa

